Hay momentos en la vida en los que hacemos todo lo posible por cambiar una situación y, aun así, las cosas no salen como esperábamos. Intentamos convencer a alguien, anticiparnos a lo que podría ocurrir, controlar cada detalle o encontrar una explicación para aquello que nos duele. Y mientras más intentamos controlar lo que está fuera de nuestras manos, más agotados terminamos.
Recuerdo a una persona que, durante un proceso de acompañamiento, repetía constantemente: “Necesito que esto cambie”. Gran parte de su malestar estaba relacionado con decisiones que otra persona había tomado. Intentaba entenderlas, anticiparlas y encontrar la manera de modificarlas. Poco a poco comprendió algo que, aunque sencillo, no siempre resulta fácil: no podía decidir por la otra persona, pero sí podía decidir qué hacer con lo que estaba viviendo. Ese cambio de mirada no solucionó de inmediato su problema, pero le permitió recuperar algo que había perdido: tranquilidad.
Desde la psicología, aprender a distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no puede convertirse en una herramienta importante para manejar la ansiedad y la frustración. Depende de nosotros pedir perdón, poner límites, tomar decisiones, buscar ayuda, cambiar una conducta y decidir cómo responder. No podemos controlar lo que otra persona pensará, las decisiones ajenas, aquello que ya ocurrió o todo lo que sucederá mañana.
Aceptar no significa resignarse. Resignarse es pensar: “No puedo hacer nada”. Aceptar puede significar: “Esto está ocurriendo, me duele y no puedo cambiarlo, pero sí puedo decidir cómo afrontarlo”.
También desde la fe podemos encontrar una respuesta. Para quienes creemos en Dios, aprender a soltar no significa dejar de actuar, sino reconocer que no tenemos que cargar solos con todo. La Escritura nos recuerda: “Confía en el Señor de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia” (Proverbios 3,5).
La fe no siempre cambia aquello que estamos viviendo, pero puede cambiar la manera en que lo atravesamos.
Quizá necesitamos dejar de gastar nuestra energía intentando controlar lo que está fuera de nuestras manos y comenzar a cuidar aquello que sí podemos transformar.
A veces, soltar no es perder el control. Es recuperar la paz.



