Hay días en los que parece que todo se pone de acuerdo para que salga mal. Un mensaje inesperado, una crítica injusta, un proyecto que fracasa, alguien que nos decepciona o simplemente un plan que no salió como imaginábamos. Entonces reaccionamos. Contestamos demasiado rápido, discutimos, nos frustramos y terminamos entregándole nuestra tranquilidad a una situación que quizá ni siquiera podíamos controlar.
Nos han enseñado y dicho muchas cosas para decir “las situaciones pasan por algo…”, pero pocas veces nos enseñaron a gobernar aquello que ocurre dentro de nosotros.
La verdadera fortaleza mental no consiste en convertirse en una persona fría ni en repetir que “pasa por algo” cuando evidentemente no es así. Hasta hay veces los sentimientos se entremezclan tomando el volante del momento. Sentimos tristeza, miedo, frustración o enojo en una sola, lo cual es profundamente humano. Pero vivir permanentemente dirigido por ellos es otra historia.
Aquí aparece una pregunta sencilla que puede cambiar muchas situaciones: ¿esto depende de mí?
Si depende de nosotros, corresponde actuar. Si no depende, continuar luchando mentalmente contra ello únicamente multiplica el desgaste. Parece sencillo al leerlo; practicarlo requiere entrenamiento. Buena parte de nuestra ansiedad cotidiana nace precisamente de intentar controlar opiniones ajenas, decisiones de otras personas, acontecimientos pasados o resultados que todavía no existen.
La psicología contemporánea ofrece argumentos interesantes al respecto. Investigadores españoles como Teresa Boemo, Inés Nieto, Carmelo Vázquez y Álvaro Sánchez (2022) en su estudio denominado “Relación entre las estrategias de regulación emocional y el afecto en la vida diaria: una revisión sistemática y metaanálisis de estudios que utilizan evaluaciones momentáneas ecológicas” analizaron cómo diferentes estrategias de regulación emocional se relacionan con nuestras experiencias afectivas cotidianas. Sus resultados refuerzan una idea importante: “la manera de gestionar lo que sentimos influye directamente en cómo experimentamos nuestro día a día”.
Otra investigación reciente, en la que participó Rosaria María Zangri (2025) denominado “Mindfulness y Compasión en la Práctica: Una Investigación Multimétodo sobre sus Efectos en la Regulación Emocional, la Memoria y Otras Variables Psicológicas” examinó mediante un metaanálisis el “mindfulness” como estrategia de regulación emocional. Sus hallazgos invitan a recuperar algo aparentemente sencillo: observar lo que sucede dentro de nosotros antes de reaccionar automáticamente.
Y quizá allí esté una de las claves del crecimiento personal: crear unos segundos de distancia entre aquello que ocurre y aquello que hacemos.
No podemos impedir que alguien nos critique, pero podemos decidir cuánto espacio ocupará esa crítica durante nuestro día. No podemos modificar lo ocurrido ayer, pero sí evitar convertir el pasado en residencia permanente. Tampoco podemos garantizar el resultado de todos nuestros proyectos, aunque sí elegir la responsabilidad, la honestidad y la perseverancia con las que trabajaremos por ellos. Eso también es libertad.
Entonces conviene cambiar una pregunta habitual. En lugar de preguntarnos constantemente “¿por qué me está pasando esto?”, podríamos comenzar a preguntarnos: “¿qué respuesta quiero dar ante esto?”. La primera puede dejarnos atrapados buscando culpables; la segunda nos devuelve capacidad de acción.
También necesitamos reconciliarnos con la incomodidad. Crecer incomoda. Aprender incomoda. Poner límites, aceptar un fracaso, comenzar nuevamente o reconocer un error incomoda. Pretender una vida sin dificultades termina produciendo personas incapaces de enfrentarlas.
Por eso, nuestra identidad tampoco debería depender exclusivamente de los resultados. Un fracaso no nos convierte en fracasados, del mismo modo que un éxito no garantiza nuestro valor. Somos mucho más que el último marcador de nuestra vida.
Quizá nunca consigamos controlar todo lo que sucede alrededor. Tampoco hace falta. La auténtica conquista comienza cuando dejamos de pedirle al mundo que se comporte como queremos y empezamos a preguntarnos quién queremos ser nosotros cuando el mundo no lo haga.
Porque madurar no significa lograr que ninguna tormenta vuelva a aparecer. Significa aprender, finalmente, a sostener el timón cuando aparezca.

