Segundo artículo de la serie Loja 2026: antes de votar
Hay una pregunta que aparece una y otra vez cuando hablamos del futuro de Loja: ¿necesitamos solamente nuevas obras o necesitamos también transformar la manera en que funciona el Municipio?
No vivo actualmente en Loja y creo que es importante decirlo. No hago todos los días un trámite municipal, no padezco cotidianamente sus problemas de movilidad ni puedo hablar desde la experiencia diaria de quien vive la ciudad. Pero nunca he dejado de estar conectado con ella. Converso con familiares y amigos que sí están allí, leo los medios locales y sigo las discusiones que los propios lojanos mantienen en redes sociales.
Y algunas preocupaciones se repiten demasiado como para ignorarlas: burocracia, trámites que podrían simplificarse, dificultades en determinados servicios, falta de continuidad entre administraciones, necesidad de mayor planificación y una demanda creciente de transparencia y eficiencia.
No pretendo que estas percepciones sean un diagnóstico definitivo del Municipio. Hay cosas que funcionan, otras que evidentemente pueden mejorar y muchos servidores públicos que cumplen con responsabilidad su trabajo. Pero detrás de todas esas conversaciones encuentro una pregunta que me parece mucho más importante: ¿tenemos un Municipio preparado para responder a la Loja de hoy y, sobre todo, a los desafíos de la Loja que viene?
Lo que realmente puede hacer un alcalde
Antes de escuchar promesas conviene saber qué estamos eligiendo.
La Constitución, en su artículo 264, y el COOTAD, especialmente en su artículo 55, establecen las principales competencias municipales: planificación y ordenamiento territorial, uso del suelo, vialidad urbana, tránsito y transporte, patrimonio y servicios públicos fundamentales.
El COOTAD es particularmente claro al atribuir al Municipio la responsabilidad de “prestar los servicios públicos de agua potable, alcantarillado, depuración de aguas residuales [y] manejo de desechos sólidos”, entre otras competencias.
Esto importa mucho durante una campaña. Un alcalde puede contribuir a mejorar la seguridad, pero la Policía Nacional no depende del Municipio. Puede generar condiciones para atraer inversión y empleo, pero no controla la política económica nacional. Puede impulsar iniciativas y colaborar en ámbitos relacionados con educación o salud, pero no dirige las políticas ni administra los sistemas nacionales de educación y salud.
Una cosa es tener capacidad para liderar una solución y otra muy distinta tener la competencia legal para ejecutarla.
Quizá deberíamos empezar por ahí ante cada propuesta electoral: preguntarnos si quien la plantea puede realmente cumplirla.
Antes de construir más, quizá haya que gestionar mejor
Una avenida, un parque o un mercado se pueden inaugurar y fotografiar. Una reforma administrativa, no tanto. Sin embargo, puede transformar profundamente la relación cotidiana entre una ciudad y su Municipio.
Si dos departamentos piden al ciudadano la misma información, deberían compartirla. Si un trámite tiene pasos innecesarios, deberían eliminarse. Si puede hacerse desde un teléfono, deberíamos preguntarnos por qué seguimos obligando a una persona a imprimir papeles, desplazarse y hacer una fila.
Eso también es hacer ciudad.
No hablo de despedir funcionarios ni de sustituir personas por máquinas. Hablo de revisar cómo funciona la institución: para qué sirve cada proceso, cuánto tarda, cuánto cuesta, quién responde por él y qué valor aporta realmente al ciudadano.
Según las proyecciones demográficas del INEC, el cantón Loja ronda en 2026 los 250.000 habitantes. Se trata de una estimación poblacional, no de un dato censal correspondiente a este año. El INEC dispone además de proyecciones cantonales desagregadas por sexo y grupos de edad hasta 2035, precisamente el tipo de información que debería alimentar una planificación pública seria.
Administrar una ciudad de esta dimensión exige planificación, conocimiento financiero, contratación pública, capacidad para gestionar proyectos, conseguir recursos, negociar, formar equipos y comprender un mundo que cambia a enorme velocidad.
La política puede llevar a una persona hasta un cargo. Lo que haga cuando llegue dependerá de su capacidad para gestionar.
Loja no empieza de cero
También debemos reconocer lo que ya existe.
En 2017, dentro de la Regeneración Urbana, el Municipio planteaba una red de telegestión para recopilar información sobre movilidad y clima, medir niveles de basura, gestionar estacionamientos y ofrecer información en las paradas de transporte. SITU incorporó además monitoreo satelital de las unidades para controlar recorridos y cumplimiento de rutas. Es decir, hace casi una década Loja ya hablaba de utilizar datos para gestionar mejor la ciudad.
En 2022 se presentó LOJAPP, orientada a digitalizar trámites como patentes, cédulas catastrales y permisos, junto con la aplicación SITU LOJA, que permitía consultar en tiempo real rutas, horarios y frecuencias del transporte urbano.
En 2024 se aprobaron normas específicas sobre transformación digital y optimización de trámites; en 2025, el Municipio anunció un proceso de tres años para automatizar procedimientos y avanzar hacia una plataforma única; y en 2026 el proceso ha continuado con el Portal de Servicios Electrónicos, pagos en línea y la denominada “tramitología digital”.
Por eso, el próximo alcalde no debería volver a prometernos simplemente que Loja será una “ciudad inteligente”. Debería responder preguntas más incómodas: ¿qué funciona de todo lo desarrollado?, ¿qué quedó por el camino?, ¿cuánto hemos invertido? y ¿cómo conseguiremos que los diferentes sistemas finalmente trabajen juntos?
Innovar no siempre significa comprar algo nuevo. A veces consiste en conseguir que aquello que ya hemos pagado funcione realmente como un sistema.
Gobernar con datos
Los municipios producen enormes cantidades de información. Pero acumular datos no significa gobernar con datos. El valor aparece cuando somos capaces de conectarlos, analizarlos y utilizarlos para tomar mejores decisiones.
¿Dónde perdemos agua? ¿En qué lugares ocurren más accidentes? ¿Cuánto tarda realmente un trámite? ¿Cuánto cuesta prestar un servicio? ¿Cómo se mueve la ciudad a determinadas horas? ¿Dónde está creciendo Loja? ¿Cuánto debía costar una obra, cuánto terminó costando y por qué?
Esos son los datos que deberían ayudarnos a decidir.
Y ahí la inteligencia artificial deja de ser una palabra de moda. Puede ayudar a detectar anomalías en las redes de agua, optimizar rutas de recolección de residuos, analizar movilidad, anticipar mantenimiento, automatizar tareas repetitivas, identificar patrones en los reclamos ciudadanos o simular escenarios antes de invertir dinero público.
Incluso podríamos pensar en un gemelo digital de Loja: una representación virtual alimentada con datos reales que permita analizar movilidad, redes de servicios, obras o crecimiento urbano y probar determinadas intervenciones antes de ejecutarlas.
Pero conviene no confundir tecnología con transformación.
La inteligencia artificial no arreglará un Municipio desorganizado. Digitalizar un mal procedimiento solo consigue hacer más rápido un mal procedimiento.
Primero necesitamos procesos claros, datos confiables, sistemas que puedan comunicarse, seguridad de la información y personas preparadas para utilizarlos.
Transparencia para entender
Los datos tienen otra función esencial: permitirnos controlar mejor a quienes administran nuestro dinero.
La LOTAIP obliga a las instituciones públicas a transparentar información relacionada con su estructura, presupuesto, contratación, remuneraciones y utilización de recursos. Pero en 2026 deberíamos exigir algo más que documentos publicados en una página web.
Yo quisiera entrar al portal municipal, buscar una obra y saber cuánto cuesta, quién la construye, cuándo comenzó, cuándo debía terminar, cuánto hemos pagado y cuánto se ha ejecutado.
No debería hacer falta ser abogado, ingeniero o especialista en contratación pública para comprender qué está haciendo el Municipio con nuestro dinero.
La verdadera transparencia no consiste solamente en publicar información, sino en conseguir que el ciudadano pueda entenderla y utilizarla.
Formar talento no basta
Hay además una realidad que Loja conoce desde hace generaciones: formamos talento, pero no siempre conseguimos crear oportunidades suficientes para que pueda desarrollarse aquí.
Y esto adquiere una dimensión diferente en una sociedad cada vez más digital. Muchos jóvenes lojanos han crecido con internet, teléfonos inteligentes, plataformas digitales y acceso inmediato a la información. Para ellos, lo digital no es el futuro. Es su presente.
No creo que debamos impedir que nuestros jóvenes se marchen. Yo mismo sé lo que significa vivir lejos de Loja. Salir, estudiar, conocer otras sociedades y otras formas de hacer las cosas también nos transforma.
El problema aparece cuando marcharse deja de ser una elección y se convierte en la única posibilidad de crecer profesionalmente.
Ahí también tiene un papel el gobierno local. No creando empleo por decreto, sino generando condiciones: atraer inversión, facilitar emprendimientos, conectar universidades y empresas, impulsar industrias creativas y tecnológicas, simplificar la relación entre emprendedores y administración y aprovechar las posibilidades del trabajo remoto.
Hace unas décadas, para acceder a determinados empleos había que abandonar Loja. Hoy es posible vivir aquí y trabajar para una empresa situada al otro lado del mundo.
El desafío es aprovechar esa transformación.
No se trata de retener a nadie, sino de crear razones para quedarse y oportunidades para volver.
¿Qué es la ciudad sino la gente?
Hace más de cuatro siglos, William Shakespeare dejó en Coriolano una pregunta que conserva una vigencia extraordinaria:
«¿Qué es la ciudad sino la gente?» En el original, “What is the city but the people?”. Los ciudadanos responden inmediatamente: “The people are the city”. La gente es la ciudad. (Traducción propia).
Quizá ahí esté la razón última de todo lo anterior. El Municipio no existe para el alcalde, los concejales, los funcionarios o los partidos. Existe para servir a las personas que habitan la ciudad.
Y desde ahí llego a una idea que quizá resulte utópica. Pero también creo que, a veces, aspirar a la utopía es la única manera de avanzar: elevar nuestras exigencias, aunque todavía parezcan lejanas, es también una forma de empezar a acercarnos a ellas.
Elegir por capacidad
En una política atravesada por simpatías, antipatías, amistades, apellidos, partidos y emociones, deberíamos aspirar a elegir cada vez menos por el “me cae bien” o “me cae mal” y cada vez más por aquello que una persona y su equipo demuestran que saben hacer.
Las cualidades humanas importan. Quiero un alcalde honesto, empático, capaz de escuchar y construir acuerdos. Pero también quiero saber si sabe gestionar.
Y quiero conocer a quienes lo acompañarán.
¿Qué experiencia tienen? ¿Qué capacidades técnicas reúnen? ¿Saben gestionar proyectos complejos? ¿Pueden conseguir financiamiento? ¿Conocen la administración pública? ¿Entienden el mundo tecnológico y económico en el que estamos entrando?
Quizá parezca mucho pedir. Pero gobernar Loja hoy significa administrar una ciudad cada vez más compleja, con mayores demandas ciudadanas y desafíos que ya no pueden resolverse únicamente con intuición política o buenas intenciones.
No estamos escogiendo a alguien para que nos caiga bien durante cuatro años. Estamos entregándole, junto con su equipo, la responsabilidad de administrar nuestra ciudad.
Por eso, ante cada gran promesa deberíamos hacer cinco preguntas: ¿cuánto cuesta?, ¿de dónde saldrá el dinero?, ¿quién la ejecutará?, ¿en cuánto tiempo? y ¿cómo podremos comprobar que se cumplió?
Tal vez el gran reto de la próxima administración no sea construir un Municipio más grande, sino un Municipio que funcione mejor: capaz de combinar aquello que ninguna inteligencia artificial podrá sustituir —criterio, ética, liderazgo y vocación de servicio— con planificación, datos, transparencia, tecnología y capacidad profesional.
Y quizá también nosotros, como electores, tengamos una responsabilidad: dejar de preguntar solamente quién nos gusta más y empezar a preguntarnos quién está realmente preparado para gobernar.
Porque una campaña puede construirse con discursos, imágenes y promesas.
Una ciudad, no.

