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Decisiones: “Persígnate, brother”

“Decisiones, cada día, alguien pierde, alguien gana ¡Ave María!…” Canta Rubén Blades en uno de sus himnos panamericanos. Hay canciones que envejecen y otras que parecen escritas para el futuro. Decisiones pertenece a ese segundo grupo porque habla de algo que nunca dejará de definirnos: la condición humana de elegir.

Vivimos en la era de las decisiones. Nunca habíamos dispuesto de tantos datos para tomarlas. La inteligencia artificial no sustituye a las personas; amplía su capacidad para decidir. Las máquinas no gobiernan ni convocan futbolistas, pero hoy permiten que muchas decisiones se apoyen en una evidencia antes inimaginable.

También en el fútbol.

La Copa del Mundo de la FIFA 2026 está siendo, silenciosamente, el primer Mundial de la inteligencia artificial. Según publicó el portal Infobae, durante la goleada de Estados Unidos sobre Paraguay el cuerpo técnico de Mauricio Pochettino utilizó Sportian Performance, una plataforma de Globant que analiza en tiempo real variables físicas y tácticas para asistir al entrenador en la toma de decisiones.

El exisotoso entrenador español Luis Enrique sostiene que el futuro del fútbol pasa por el uso de los datos. Y ese camino ya lo recorren clubes como Liverpool, Manchester City o Bayern de Múnich, y selecciones como Alemania, Inglaterra, Francia y Estados Unidos, que utilizan inteligencia artificial, biometría y modelos predictivos para reducir el margen de error.

Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿dónde está Ecuador?

La selección de Sebastián Beccacece construyó una de las mejores defensas de las eliminatorias sudamericanas. Ese mérito es indiscutible. Pero el Mundial mostró el otro lado del espejo: después de dos partidos, Ecuador seguía sin marcar un solo gol. El cero en nuestra portería hablaba de orden; el cero en la rival, de una deuda ofensiva. Porque los datos no sienten, pero tampoco mienten.

Enner Valencia representa una de las grandes paradojas del fútbol ecuatoriano. Es el máximo goleador de la Tri y de Ecuador en los Mundiales, pero en el imaginario popular suele recordarse más por los goles que falla que por los que marca. El dato dice una cosa; la percepción, otra.

Detrás de él, la producción ofensiva ha sido mucho más limitada. Kevin Rodríguez pasó de la segunda división ecuatoriana al Mundial de 2022 y, desde allí, al fútbol europeo. Un Mundial después, sigue buscando su primer gol en la gran cita. La pregunta no es sobre el jugador, sino sobre el sistema: ¿qué se está maximizando, el rendimiento de la selección o el valor de mercado de sus futbolistas?

Las grandes selecciones toman decisiones apoyadas en modelos que miden rendimiento, eficacia, evolución y riesgo. ¿Sobre qué datos decide Ecuador? ¿Qué pesa más en una convocatoria: el rendimiento deportivo o la influencia de los directivos, los clubes, los representantes, el valor de mercado y los intereses que rodean al negocio del fútbol? Y, sobre todo, ¿conocemos realmente cuáles son esos criterios?

No afirmo que unas razones sustituyan a otras. Afirmo algo mucho más sencillo: no conocemos cuáles son los criterios.

He buscado esos criterios en documentos públicos de la Federación Ecuatoriana de Fútbol, en declaraciones oficiales, en archivos de prensa e incluso utilizando distintos modelos de inteligencia artificial entrenados con información pública. El resultado es el mismo: no existe evidencia pública verificable de que la selección ecuatoriana disponga de un sistema estructurado de inteligencia artificial o de un modelo transparente de toma de decisiones comparable al de las grandes potencias.

Eso no significa que Ecuador no utilice herramientas tecnológicas. Significa algo quizá más importante: no sabemos sobre qué datos se toman las decisiones. Mientras las grandes selecciones explican con qué plataformas trabajan y qué variables analizan, Ecuador sigue moviéndose entre intuiciones públicas y certezas privadas. Esa diferencia también habla del lugar que ocupamos.

Durante meses escuchamos que Ecuador pertenecía a una nueva élite del fútbol mundial, que esta generación podía competir con cualquiera e incluso que las semifinales eran un sueño posible. Todos queríamos creerlo. Pero la élite no es un relato. La élite es un dato.

Se construye con instituciones fuertes, procesos sólidos y decisiones coherentes; con una cultura donde cada decisión puede explicarse, medirse y corregirse. Ahora el destino nos pone delante a Alemania. Los modelos predictivos la señalarán como favorita. Las estadísticas harán lo mismo. Y, siendo honestos, el dato duro nos recuerda que Ecuador todavía está lejos de esa élite a la que tantas veces dijimos pertenecer.

Lo dicen los resultados. Lo dicen los goles. Lo dicen los procesos. El relato nos hizo creer que ya estábamos entre los mejores; los datos nos recuerdan que aún no. Pero el fútbol conserva un privilegio que ninguna inteligencia artificial puede calcular: la posibilidad de que, por una tarde, David vuelva a derrotar a Goliat.

Y cuando ruede el balón frente a Alemania, no quedará otra que hacer lo que decía Rubén Blades en esa misma canción: «Persígnate, brother».

Porque hay partidos que se preparan con datos… y otros que un país entero termina jugando con esperanza.

Ojalá ocurra el milagro. No porque vaya a demostrar que los datos estaban equivocados, sino porque nos recuerde que el verdadero desafío del fútbol ecuatoriano no consiste únicamente en derrotar a Alemania, sino en comenzar a tomar las decisiones que algún día nos permitan derrotar ese otro dato, mucho más incómodo y persistente  que todavía nos mantiene lejos de la élite a la que tanto aspiramos.

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