Cada cuatro años, el fútbol vuelve a recordarnos algo extraordinario: la capacidad que tiene un simple balón para unir a millones de personas. Familias enteras se reúnen frente a una pantalla, desconocidos se abrazan en una plaza y los colores de una camiseta parecen borrar, por un instante, las diferencias que nos separan. Sin embargo, también ocurre algo que merece una reflexión más profunda: algunas personas pasan de la alegría desbordante a la agresividad en cuestión de minutos cuando el resultado no es el esperado. El último partido de Ecuador contra Curazao mereció el análisis de los miles y miles de hinchas que regaron las redes sociales con los “memes” en contra del resultado, y por supuesto, de sus protagonistas.
¿Por qué sucede esto? ¿Por qué alguien amable, respetuoso y cordial puede transformarse repentinamente en una persona irritable, ofensiva o incluso violenta cuando pierde su equipo?
La respuesta podría encontrarse en una metáfora psicológica tan antigua como vigente: el llamado «Efecto Jekyll y Hyde«. Inspirado en la obra de Robert Louis Stevenson, este fenómeno describe la coexistencia de dos facetas dentro de una misma persona. Desde la teoría psicoanalítica, Sigmund Freud explicaba que nuestra personalidad está compuesta por fuerzas que constantemente buscan equilibrio. Por un lado, el “Superyó” representa nuestras normas, valores y autocontrol; por otro, el “Ello” simboliza los impulsos más primitivos, las emociones intensas y las reacciones instintivas.
La mayoría del tiempo convivimos con ambas dimensiones de manera saludable. El problema surge cuando reprimimos emociones, frustraciones o conflictos sin aprender a gestionarlos. Entonces, basta un detonante para que aparezca nuestro particular “Mr. Hyde”.
El fútbol, especialmente durante eventos de gran magnitud como un Mundial, tiene la capacidad de activar emociones muy profundas. Diversos estudios sobre neurociencia del comportamiento, entre ellos, una entrevista realizada a Anabella Serventi (2026) en el programa “Estamos de Vuelta” explica que la victoria genera descargas de dopamina y endorfinas, neurotransmisores asociados con la recompensa y el bienestar. En cambio, la derrota provoca un aumento del cortisol, relacionado con el estrés y la sensación de amenaza.
Pero el marcador no es el verdadero problema. Lo que realmente duele es aquello que proyectamos sobre él.
Muchos aficionados vinculan inconscientemente su autoestima con el éxito de su equipo. Cuando este gana, sienten que ellos también triunfan. Cuando pierde, experimentan la derrota como una afrenta personal. El psicólogo social Henri Tajfel (1981), a través de la “Teoría de la Identidad Social”, explicó que las personas construimos parte de nuestra identidad a partir de los grupos a los que pertenecemos. Por ello, una derrota deportiva puede sentirse emocionalmente más intensa de lo que racionalmente debería ser.
A esto se suma otro elemento señalado por el sociólogo uruguayo Eduardo Galeano (1995) en su obra “El Fútbol a Sol y Sombra”: el fútbol tiene la capacidad de transformar el “yo”» en un “nosotros”. Esa sensación de pertenencia es maravillosa cuando genera fraternidad, pero puede ser peligrosa cuando la multitud pierde el control y sustituye la reflexión por la reacción impulsiva.
Sin embargo, el verdadero aprendizaje no está en lo que ocurre dentro de la cancha, sino fuera de ella. Cada derrota deportiva puede convertirse en una oportunidad para entrenar algo mucho más importante que cualquier habilidad física: la inteligencia emocional. Daniel Goleman (1995) sostiene que la madurez emocional no consiste en no sentir ira, tristeza o frustración, sino en aprender a reconocerlas y gestionarlas adecuadamente.
Quizá el desafío más importante de nuestra época no sea ganar más partidos, sino ganar más serenidad. No consiste en eliminar nuestras emociones, sino en integrarlas. Reconocer nuestras luces sin negar nuestras sombras. Comprender que todos llevamos dentro un Dr. Jekyll y un Mr. Hyde, pero que somos nosotros quienes decidimos quién toma el control.
Cuando el árbitro pite el final del encuentro y las emociones comiencen a disiparse, quedará una pregunta mucho más importante que el resultado del marcador: ¿hemos aprendido a gobernarnos a nosotros mismos? Porque la victoria más valiosa no se celebra en un estadio. Se celebra en el momento en que logramos transformar la frustración en aprendizaje, la ira en diálogo y la pasión en una fuerza capaz de construir una sociedad más consciente, empática y humana. Así que veamos si esta lección nos queda para los siguientes partidos. Y para toda ocasión cotidiana sea familiar, vehicular, reuniones de trabajo, sociales, es decir una enseñanza aplicada a nuestra psicología y coaching personal.






