Ayer, mientras conversaba con un amigo, hubo algo que me llamó especialmente la atención. Entre una cosa y otra me dijo: “Últimamente me preocupo por todo, pero ya no sé si esto es normal”.
No fue una pregunta cualquiera. Me hizo pensar en cuántas veces nosotros mismos hemos dicho algo parecido, aunque sea solamente para nuestros adentros.
Preocuparse es parte de la vida. Nos preocupan nuestros hijos, la pareja, el trabajo, el dinero, la salud, lo que pueda pasar mañana. Y muchas veces esa preocupación incluso nos ayuda a prepararnos, tomar decisiones o buscar soluciones.
Pero también hay momentos en los que la preocupación comienza a ocupar demasiado espacio.
Tal vez empieza cuando una situación termina y, sin embargo, nuestra cabeza sigue ahí. Cuando estamos tratando de dormir y aparecen una y otra vez los “¿y si…?”. Cuando estamos compartiendo con nuestra familia, pero mentalmente seguimos resolviendo problemas que todavía ni siquiera han ocurrido.
A veces también se nota en cosas pequeñas: necesitamos que alguien nos diga constantemente que todo estará bien, revisamos varias veces lo mismo, evitamos determinadas situaciones o dejamos de disfrutar algo porque estamos pensando en lo que podría salir mal.
Y aquí creo que hay una diferencia importante: una cosa es preocuparse por un problema y otra es vivir preocupados por todo lo que podría pasar.
Eso no significa que tengamos necesariamente un trastorno de ansiedad. La preocupación también aumenta cuando atravesamos momentos difíciles y eso forma parte de nuestra experiencia humana. Pero cuando comienza a afectar nuestro sueño, nuestras relaciones, nuestro trabajo o nuestra capacidad para disfrutar, quizá sea momento de detenernos y mirar qué está pasando.
Desde mi experiencia, una pregunta puede ayudarnos: ¿esta preocupación me está ayudando a resolver algo o solamente me está haciendo sufrir?
No siempre podemos evitar que aparezcan pensamientos preocupantes. Pero sí podemos aprender a relacionarnos de otra manera con ellos.
Quizás mi amigo no buscaba una respuesta cuando me hizo aquella pregunta. Sin embargo, me dejó una reflexión que también quiero compartir contigo: no tenemos que esperar a sentirnos completamente desbordados para pedir ayuda.


