Hay personas que nunca parecen tener tiempo para detenerse. Trabajan, estudian, hacen ejercicio, responden mensajes, resuelven problemas, ayudan a otros y, cuando finalmente tienen un momento libre, buscan inmediatamente algo más que hacer.
Desde afuera puede parecer responsabilidad, productividad o simplemente una vida con muchas obligaciones. Pero, en algunas ocasiones, mantenerse constantemente ocupado también puede convertirse en una manera de evitar aquello que ocurre cuando aparece el silencio.
Porque cuando dejamos de hacer cosas, pueden aparecer pensamientos que durante el día logramos mantener a distancia: una preocupación que no hemos resuelto, una relación que nos duele, una decisión que estamos postergando, una pérdida que todavía no hemos procesado o emociones que no sabemos cómo expresar.
No significa que estar ocupado sea algo negativo. Tener actividades, responsabilidades y proyectos forma parte de una vida saludable. El problema aparece cuando hacer constantemente se convierte en la única manera de no sentir.
A veces decimos “no tengo tiempo para pensar en eso”, cuando en realidad necesitamos pensar precisamente en eso.
También puede ocurrir que confundamos descanso con inactividad. Nos cuesta sentarnos sin el teléfono, caminar sin escuchar algo, comer sin revisar una pantalla o simplemente permanecer unos minutos sin producir nada. El silencio puede resultar incómodo cuando hemos aprendido a llenarlo permanentemente.
Detenernos no significa abandonar nuestras responsabilidades. Significa permitirnos observar cómo estamos antes de continuar.
¿Estoy ocupado porque tengo mucho que hacer o porque no quiero enfrentar lo que aparece cuando dejo de hacerlo?
La respuesta no siempre será fácil. Pero reconocerla puede ser un primer paso para empezar a escucharnos.
A veces no necesitamos otra actividad.
A veces necesitamos un momento para nosotros mismos.


