Hay fechas que permanecen en los calendarios y otras que terminan viviendo en la memoria de un pueblo. Para Loja, el 8 de septiembre de 1930 pertenece a estas últimas. Aquella mañana no se colocó simplemente una corona sobre una imagen religiosa. Se cerraba una historia de anhelos, cartas, gestiones y espera; y comenzaba otra: la de la Virgen de El Cisne coronada canónicamente como Reina.
La historia había empezado mucho antes.
La devoción a la “Churonita” había atravesado generaciones y fronteras. El libro “La Coronación Canónica de la Santísima Virgen Del Cisne” de Máximo Agustín Rodríguez (1934) recuerda que sus devotos se contaban ya por miles. En 1919, a petición de monseñor Carlos María de la Torre, el papa Benedicto XV había concedido que la Diócesis de Loja celebrara una fiesta propia de Nuestra Señora de El Cisne. Poco después comenzó a crecer una idea que parecía enorme para aquella Loja de principios del siglo XX: ¿por qué no coronarla canónicamente?
La propuesta apareció públicamente, al menos, en 1921. Pero los grandes acontecimientos casi nunca suceden de inmediato. Necesitan personas dispuestas a creer en ellos antes de que existan.
Al aproximarse el centenario de la primera celebración de la fiesta del 8 de septiembre en Loja, aquel sueño tomó fuerza. El obispo Guillermo José Harris Morales, respaldado por el clero, las autoridades civiles y los fieles, elevó el 8 de septiembre de 1927 la petición al Venerable Capítulo Vaticano para obtener la coronación canónica.
Y Roma respondió. La gracia fue concedida y el 2 de febrero de 1928 llegó a manos del Obispo de Loja la comunicación oficial. Podemos imaginar aquel instante: abrir un documento venido desde Roma y comprender que lo que durante años había sido deseo acababa de convertirse en realidad. El 9 de febrero la noticia fue comunicada al Cabildo Catedralicio y, desde entonces, Loja comenzó a prepararse para algo que sobrepasaba una simple celebración.
Pasaron más de dos años. Hasta que llegó “el gran día”.
La madrugada del 8 de septiembre de 1930 encontró despierta a Loja. Según la crónica, después de una misa pontifical iniciada a las doce y cuarenta y cinco de la madrugada, las celebraciones eucarísticas continuaron prácticamente sin interrupción. A las siete, un repique general de campanas anunció que había llegado la hora esperada. Media hora después, monseñor Harris entraba en una Catedral abarrotada, acompañado por obispos, canónigos y alrededor de setenta sacerdotes.
Se leyó el decreto del Capítulo Vaticano. Se bendijeron las coronas. Después de la ceremonia religiosa, la comitiva avanzó hacia el gran tablado levantado en la plaza, frente al Palacio Episcopal.
Y allí ocurrió el instante que generaciones enteras recordarían: monseñor Guillermo José Harris colocó las coronas de oro sobre la Virgen de El Cisne y el Niño Jesús, ante una plaza convertida en templo y una multitud que desbordaba el corazón de la ciudad. Después comenzó la procesión por las principales calles de Loja.
Han pasado casi cien años.
Quizá hoy resulte difícil imaginar aquella Loja sin teléfonos que grabaran el acontecimiento ni redes sociales que lo transmitieran. Sin embargo, hubo algo mucho más poderoso: miles de ojos intentando guardar el mismo instante.
Y allí encuentra el verdadero significado de esta historia.
Una corona puede estar hecha de oro, perlas y piedras preciosas; pero ninguna joya explica por sí sola lo ocurrido aquel 8 de septiembre. La corona visible fue apenas el símbolo de otra construida durante siglos con pasos de peregrinos, promesas, lágrimas, agradecimientos y la fe sencilla de innumerables familias.
Por eso, cuando hoy llamamos a la Churonita “Reina de El Cisne”, no repetimos únicamente un título.
Contamos una historia.
La historia de un pueblo que primero la coronó en su corazón y que, aquel 8 de septiembre de 1930, vio finalmente cómo aquella corona se hacía visible ante los ojos del mundo.
Fuente de consulta: Rodríguez, M. (1934): La Coronación Canónica de la Santísima Virgen del Cisne. Barcelona: La Hormiga de Oro.



