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La solidaridad también es psicológica: cómo acompañar a las víctimas de una tragedia

El reciente doble terremoto ocurrido en Venezuela, que ha dejado miles de fallecidos, heridos y familias desplazadas, así como el devastador aluvión registrado en la provincia vecina de Zamora Chinchipe, nos recuerdan una realidad que muchas veces olvidamos: un desastre natural no solo destruye viviendas, carreteras o ciudades; también impacta profundamente la salud emocional de las personas y de las comunidades enteras.

Ante estas tragedias, es común pensar que únicamente los rescatistas, médicos o psicólogos pueden ayudar. Sin embargo, existe una forma de apoyo que está al alcance de todos: la solidaridad.

La primera necesidad emocional de una persona que ha vivido un desastre no es recibir consejos, sino recuperar una sensación básica de seguridad. Por ello, quienes se encuentran cerca de las zonas afectadas pueden brindar una ayuda invaluable a través de acciones sencillas: escuchar sin juzgar, acompañar sin presionar, ayudar a contactar familiares, colaborar en la organización de recursos o simplemente permanecer presentes durante momentos de incertidumbre.

No es necesario encontrar las palabras perfectas. De hecho, algunas expresiones que solemos utilizar con buena intención pueden aumentar el sufrimiento, como «debes ser fuerte», «todo pasa por algo» o «al menos estás vivo». Las personas afectadas necesitan sentirse comprendidas, no obligadas a reprimir sus emociones. El miedo, la tristeza, la confusión, el enojo o incluso el silencio son reacciones humanas esperables ante situaciones extraordinarias.

La solidaridad psicológica también implica reconocer aquello que no debemos hacer. Compartir rumores, difundir información no verificada o publicar imágenes del sufrimiento ajeno puede incrementar la ansiedad colectiva y vulnerar la dignidad de las víctimas. En tiempos donde las redes sociales se convierten en la principal fuente de información, la responsabilidad emocional también pasa por verificar antes de compartir.

Pero ¿qué ocurre con quienes vivimos lejos de la tragedia? ¿Qué podemos hacer desde otras provincias o países? La respuesta es mucho más amplia de lo que imaginamos. Podemos apoyar campañas oficiales y verificadas de ayuda humanitaria, mantenernos informados a través de fuentes confiables, contactar a familiares o amigos afectados sin exigir respuestas inmediatas y, sobre todo, fortalecer la solidaridad dentro de nuestras propias comunidades.

Los desastres naturales también nos recuerdan nuestra propia vulnerabilidad. Por ello, otra forma de solidaridad consiste en prepararnos: elaborar planes familiares de emergencia, conversar sobre protocolos de actuación y promover la prevención comunitaria. Prepararnos no significa vivir con miedo, sino construir resiliencia.

El terremoto en Venezuela y el aluvión en Zamora Chinchipe nos dejan una lección que trasciende las fronteras: no todos podremos ser rescatistas, médicos o psicólogos, pero todos podemos convertirnos en una fuente de seguridad, esperanza y humanidad para quienes atraviesan uno de los momentos más difíciles de sus vidas. Porque reconstruir una comunidad no solo implica levantar estructuras; también significa ayudar a reconstruir el corazón y la esperanza de quienes la conforman.

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