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Inteligencias artificiales complacientes

El otro día escuché sobre la creación de una versión de Alexa que no solo responde cuando le hacemos una pregunta, sino que también puede preguntarnos cómo estuvo nuestro día y conversar con nosotros. La idea sería ofrecer compañía, especialmente a personas que se sienten solas. Y me quedé pensando: ¿es algo bueno o estamos entrando en un terreno que merece nuestra atención?

No podemos negar que la tecnología puede ser una ayuda. Para una persona que vive sola, que ha perdido a un ser querido o que pasa muchas horas sin compañía, tener con quién conversar puede hacer más llevadero el día. El problema aparece cuando esa compañía empieza a reemplazar, en lugar de complementar, las relaciones humanas.

Pensemos en alguien que tiene un problema familiar. En lugar de hablar con un amigo, intenta resolverlo conversando con una inteligencia artificial. Esta responde de inmediato, está disponible casi siempre y puede ofrecer palabras amables. No hay discusiones, miradas incómodas ni necesidad de negociar diferencias. Pero las relaciones reales no funcionan así. Las personas también nos contradicen, nos hacen preguntas difíciles y nos ayudan a reconocer aquello que quizá no queremos ver.

Las inteligencias artificiales pueden ser útiles para ordenar pensamientos, expresar emociones o encontrar un primer espacio de desahogo. Sin embargo, si nos acostumbramos a buscar únicamente conversaciones cómodas, corremos el riesgo de evitar los encuentros que nos permiten desarrollar empatía, tolerar frustraciones y construir vínculos auténticos.

No se trata de afirmar que toda persona que conversa con una IA terminará aislada. Para algunas, puede ser un apoyo; para otras, especialmente si ya experimentan una soledad profunda, podría convertirse en un sustituto de los vínculos que necesitan recuperar.

La pregunta, entonces, no es si una máquina puede preguntarnos cómo estuvo nuestro día. Es qué sucede cuando dejamos de tener a alguien de carne y hueso a quien contárselo.

La tecnología puede acompañarnos, pero no deberíamos confundir una respuesta inmediata con una relación humana. Quizá el verdadero desafío no sea enseñar a las máquinas a conversar mejor, sino evitar que nosotros perdamos las ganas de conversar entre nosotros.

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