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Arjona tenía razón…

Hay pocas cosas peores que tener que darle la razón a alguien que no te gusta.

Me está pasando con Ricardo Arjona. Nunca me gustó su música, ni sus letras. Pero hace unos días el algoritmo de META, que lee lo que escribo y hasta conoce lo que pienso, me lanzó un reel en el que el cantautor guatemalteco recordaba una vieja canción suya, El Noticiero, de 1996. Y allí, como un oráculo improbable, describía el futuro del fútbol impuesto desde Estados Unidos.

Primero fallaba:

«Hay que agrandar las porterías…»

Pero después clavaba la profecía:

«…y ocho tiempos fuera pa’ vendernos porquerías.»

Treinta años después, Arjona tenía razón.

La Copa Mundial de la FIFA 2026 de USA/México/Canadá ha terminado de cruzar una línea que para muchos parecía sagrada. El fútbol, el deporte que se diferenciaba del resto por su continuidad, ya tiene pausas comerciales incrustadas en medio del espectáculo.

En el partido inaugural me ocurrió algo que jamás pensé ver. En plena transmisión apareció una publicidad. Cortaron el partido para venderme algo. Mi reacción inmediata fue querer apagar el televisor o tirarle con el primer objeto contundente que tuviera a la mano. Sentí rechazo. Sentí profunda indignación.

Pero no lo apagué. Menos lo agredí, pobre aparato, no tiene ninguna culpa. Porque soy un esclavo, como seguramente lo son millones de aficionados más.

Y ahí está el verdadero problema.

El fútbol siempre fue distinto al béisbol, al baloncesto, al fútbol americano o al hockey. Era un juego donde las emociones no tenían descanso, donde había que sobrevivir a los malos momentos con la pelota rodando, sin tiempos muertos, sin anuncios, sin refugios.

Un gol podía cambiarlo todo. Un equipo podía pasar de la desesperación a la euforia o del dominio al miedo en cuestión de segundos. Y tenía que resolverlo jugando. Sin interrupciones. Sin pausas para vender nada. Esa continuidad era parte de su esencia.

Y lo peor es que de esto no se vuelve.

Porque esto ya no es una cuestión deportiva. Es una cuestión de negocio. Y ahora que los dueños del show han descubierto que pueden vender publicidad en medio de un partido, nadie les va a quitar semejante caramelo de la boca.

Podemos discutir muchas otras polémicas de este Mundial. Son asuntos políticos y extradeportivos que exigen un debate sereno y profundo. Pero en lo que respecta al fútbol como juego, a su esencia , ninguna me parece tan grave como esta. Porque no están cambiando una regla. Están cambiando aquello que hacía del fútbol algo distinto. Están cambiando el alma del fútbol.

Y muchos de los que llevamos toda la vida viendo este espectáculo empezamos a preguntarnos si no ha llegado el momento de dedicar nuestro tiempo a otras ficciones menos descaradamente comerciales. A otras mentiras que, al menos, tengan la cortesía de no recordarnos cada 25 minutos que somos únicamente consumidores.

Porque uno llega a una edad en la que quiere conservar el poco de alma y humanidad que le queda.

Lo peor de todo es que Arjona nos avisó hace treinta años y hoy le tengo que dar toda la razón.

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