Hubo un tiempo en que septiembre llegaba a Loja cargado en mulas, envuelto en cobijas y anunciado por voces de comerciantes. La ciudad cambiaba de ritmo. Junto con los peregrinos que acompañaban a Nuestra Señora de El Cisne aparecían los “feriantes”, esos viajeros capaces de convertir calles y plazas en escaparates de un mundo que, para muchos lojanos, solo podía conocerse una vez al año.
La historia nos lleva a 1829. Simón Bolívar mediante decreto en ese año dispuso el traslado de la romería de la Virgen del Cisne a Loja y vinculó aquella celebración con una feria comercial. Los documentos de la época dejan entrever que no fue una decisión menor: Loja encontró alrededor de la devoción mariana un punto de encuentro capaz de atraer a personas de diferentes lugares y condiciones favorables para mejorar su economía muy golpeada por las guerras de Independencia y con la invasión peruana de 1829. En 1830, la romería se inauguró solemnemente y, pocos años después, se resolvió mantener en El Cisne la celebración del 15 de agosto y reservar para Loja la del 8 de septiembre.
Así, la fe comenzó a caminar de la mano del comercio.
Con los años llegaron vendedores desde distintos rincones. De los campos lojanos aparecían productos que hoy despiertan recuerdos apenas con nombrarlos. Entre ellos estaban los bocadillos, aquella mezcla sencilla y deliciosa de miel de panela con maní que todavía sabe a tierra, cocina familiar y paciencia. Desde el Perú arribaban comerciantes que despertaban especial expectativa. Había jarabes, artículos poco conocidos y aquellas inolvidables “cobijas tigre”, gruesas, llamativas y convertidas con el tiempo en parte de la memoria doméstica de muchas familias.
Ir a la feria significaba buscar lo que no se encontraba cualquier día.
“Vamos a ver qué ha llegado”, podía ser suficiente motivo para recorrer los puestos. Siempre había una novedad, una oferta inesperada o aquel vendedor que anunciaba a viva voz el último ¡remate! Regatear también formaba parte del ritual. Se preguntaba el precio, se caminaba unos metros, se comparaba y, algunas veces, se regresaba esperando conseguir “la rebajita”.
La feria tampoco tuvo siempre una casa. Ocupó el parque Central, el parque Bolívar, las calles Bernardo Valdivieso, 10 de agosto, espacios de la Unidad Educativa Daniel Álvarez y la avenida 24 de Mayo. En esos momentos se improvisaban los “toldos” de los feriantes, puestos improvisados con caña, telas gruesas de algodón, madera y plásticos para la venta de los productos.
Desde 1962, durante la alcaldía de Vicente Burneo Burneo, los contactos con el norte peruano fortalecieron su carácter internacional. Luego vendría otro momento decisivo: en octubre de 1976 comenzó la construcción del Complejo Ferial, cerca de Jipiro. La feria dejaba atrás su andar por calles y espacios improvisados para encontrar, finalmente, un lugar propio.
Pero quizá su verdadera casa nunca fueron once hectáreas de terreno.
La Feria de Loja vive en la memoria.
Está en aquel niño que entraba tomado de la mano de sus padres y quería detenerse en cada puesto; en quien ahorraba para comprar algo “en la feria”; en el comerciante que viajaba durante días esperando hacer una buena venta; en el olor de los dulces tradicionales y en aquellas cobijas que terminaron abrigando más recuerdos que inviernos.
Han cambiado la moneda, los productos, los escenarios y hasta la manera de comprar. Lo que no debería cambiar es las historias de muchos que recuerdan y dio sentido a esta historia de la Feria de Loja, como la clásica frase de aquellos que ya son adultos “nos encontrarnos en el burro de Jipiro” para entrar a la feria.
Porque la feria nacida alrededor de la Virgen de El Cisne nunca fue solamente un mercado. Fue un puente entre Loja y otros pueblos, entre el campo y la ciudad, entre Ecuador y Perú, entre la fe y la vida cotidiana.
Y tal vez por eso cada septiembre, entre ofertas, recuerdos y nuevos feriantes, Loja vuelve a hacer lo que lleva casi dos siglos haciendo: abrir sus puertas para que el mundo entre un momento en casa.
Fuentes de consulta: Riofrío, F. (1996): La Advocación de Nuestra Señora del Cisne. Banco Central del Ecuador / Las calles de Loja guardan los primeros capítulos de la feria. (2026, 29 de agosto). Crónica. cronica.com.ec


