Cuando hablamos de prevención del suicidio y de salud mental, solemos pensar en psicólogos, psiquiatras, medicamentos, redes de apoyo y estrategias de intervención. Todo ello es fundamental. Sin embargo, existe otro factor protector que durante mucho tiempo no siempre ha recibido la atención que merece: la religiosidad y la fe.
La evidencia científica ha encontrado una relación entre religiosidad y menor riesgo de conducta suicida. Un metaanálisis que reunió nueve estudios encontró un efecto protector de la religiosidad frente al suicidio consumado, con un odds ratio de 0,38. Esto no significa que creer en Dios haga inmune a una persona frente al sufrimiento o a una enfermedad mental, pero sí muestra que la fe puede constituir un elemento protector dentro de una realidad mucho más compleja.
En adolescentes, una revisión sistemática publicada recientemente analizó 61 estudios que reunieron a más de 340.000 participantes. El 67,2 % de los estudios encontró asociaciones protectoras entre religiosidad o espiritualidad y la conducta suicida. Entre los posibles mecanismos aparecen el sentido de vida, la esperanza, las normas que favorecen el cuidado de la vida, el acompañamiento comunitario y la posibilidad de sentirse parte de algo que trasciende al propio sufrimiento.
Y aquí quiero hablar desde mi propia convicción. Para mí, la espiritualidad no es simplemente buscar bienestar interior. Es, fundamentalmente, la relación del ser humano con Dios. Y creo que esa relación puede convertirse en una fuente profunda de esperanza.
Pero también debemos ser responsables: la fe no sustituye a la psicoterapia, la psiquiatría ni a ningún tratamiento médico. Una persona creyente puede deprimirse, sentir ansiedad, enfermar y llegar a una crisis suicida. Pedir ayuda profesional no demuestra falta de fe; también puede ser una manera de cuidar el don de la vida que Dios nos ha dado.
Hoy, con la llegada de la Churonita del Cisne, miles de personas volverán a caminar movidas por la fe. Más allá de nuestras diferencias religiosas, vale la pena recordar algo: una comunidad que ora también puede ser una comunidad que acompaña, escucha y sostiene.
Para quienes creemos, la fe nos recuerda que incluso cuando nosotros dejamos de encontrar razones para seguir, Dios no deja de encontrarlas por nosotros.
Prevenir el suicidio también es recuperar la esperanza. Y, para muchos, esa esperanza tiene un nombre: Dios.


