A propósito de una canción de Santiago Martínez
Hay un instante en la vida en el que la gravedad cambia de sentido. Ocurre sin protocolo alguno: un día estás preocupado únicamente por quién correrá más rápido hasta la esquina, y al siguiente, despiertas sumergido en un mar de notificaciones, facturas y calendarios apretados. La adultez no avisa; se instala en la rutina y reemplaza la ligereza de los años con el peso de las obligaciones.
Es inevitable volver la vista hacia el tiempo de wawas, cuando no existían las agendas ni los plazos. La niñez no se medía en minutos, sino en la luz del sol. El universo entero cabía en una acera, en un patio o en un parque, con un balón gastado o en una tarde entera paseando en bicicleta por lugares que en esa época nos parecían extremadamente alejados. El día terminaba cuando el sol se ocultaba o cuando desde alguna ventana sonaba el grito que nos llamaba de vuelta a casa.
En la escuela, las cosas se complicaban un poco con las tareas, lo estrictos que eran los maestros de mi tiempo y su exigencia por una buena caligrafía; pero, con todo eso, existía la libertad de saber que el futuro era un concepto abstracto que solo pertenecía a los adultos, y que jugar no era una pérdida de tiempo: era la forma más honesta de habitar el mundo.
Después, con la llegada del colegio y la adolescencia, el juego cambió de forma y empezamos a descubrir la complicidad de la amistad en su estado más puro. Las bancas del parque, las esquinas a la salida de clase y las largas caminatas de regreso a casa se convirtieron en los escenarios de las primeras grandes conversaciones.
Fue la época de los grupos inseparables, de la música compartida con audífonos divididos de un walkman o discman comunitario, de los primeros amores desvelados y de la ilusión desbordante por lo que vendría. El futuro ya no era abstracto: era una puerta abierta llena de promesas. Creíamos tener todo el tiempo del mundo y una energía inagotable para conquistarlo.
Luego, casi sin darnos cuenta, los uniformes se guardaron y los grupos de amigos empezaron a dispersarse. La universidad, los primeros trabajos, la búsqueda de un lugar en el mundo… La juventud madura nos empujó a tomar decisiones reales. Con cada paso hacia la independencia, las conversaciones en las reuniones dejaron de girar sobre sueños para empezar a tratar sobre proyectos, horarios y metas.
De pronto, las risas en la esquina del barrio fueron reemplazadas por cafés rápidos entre reunión y reunión, y la banda de amigos de toda la vida pasó a ser un grupo de chat donde cada vez cuesta más coordinar una fecha para reencontrarse.
Hoy, la adultez nos exige presencia constante. En este punto de la vida, cada hora debe ser productiva. La mente adulta siempre está un paso adelante; nos hemos vuelto expertos en resolver problemas, pero analfabetos en el arte de pausar.
Añorar la infancia o la juventud no significa querer huir del presente. Significa recordar que la capacidad de asombro, la risa sin filtro y la ligereza no tienen por qué quedarse archivadas en el pasado.
La verdadera madurez consiste en no traicionar las etapas que nos trajeron hasta aquí. Las responsabilidades no van a desaparecer mañana, pero la forma en que caminamos entre ellas sí puede cambiar. Al final del día, se trata de responder al mundo como adultos, pero manteniendo siempre un pacto silencioso con el niño y el joven que fuimos: recordar cómo se sentía reír de la nada y no olvidar nunca la magia de jugar.


