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¿Cuánto de lo que pensamos es realmente nuestro?

Las voces que nos habitan, la universidad de nuestro tiempo y la necesidad de pensar desde nuestro propio lugar

Hace algún tiempo escuché en la radio una conversación que se quedó dando vueltas dentro de mí: ¿de dónde proceden las palabras que utilizamos todos los días?

Si pudiéramos reconstruir la historia de nuestro vocabulario, ¿cuántas palabras habríamos aprendido de nuestros padres y amigos?, ¿cuántas de los libros, la escuela, las canciones, las películas o la radio?, ¿cuántas habremos incorporado de las redes sociales hasta utilizarlas con tanta naturalidad que ya no recordamos cuándo llegaron?

La pregunta se vuelve mucho más interesante cuando dejamos las palabras y pensamos en las ideas que construimos con ellas: si aprendimos a nombrar el mundo mediante un lenguaje que existía antes de nosotros, ¿hasta qué punto hemos construido nosotros mismos todo aquello que pensamos?

¿De dónde vienen nuestras ideas?

Lo pienso muchas veces observando a mis hijas cuando, después de una sesión de scroll en YouTube o TikTok, aparecen repitiendo con absoluta seguridad alguna explicación que evidentemente acaban de escuchar, ante lo cual suelo decirles: «Ya están diciendo lo que le escucharon a algún o alguna boba».

Sin embargo, cuanto más pienso en esa escena, más incómoda se vuelve mi propia frase, porque resulta muy fácil reconocer el mecanismo en una niña que acaba de consumir unos cuantos vídeos; lo difícil comienza cuando vuelvo la pregunta hacia mí mismo.

Quizá yo no repita a un tiktoker, pero puedo repetir al periodista que escucho todas las mañanas, al profesor que me marcó, al escritor que admiro, al intelectual cuyas ideas siento próximas, al político con el que simpatizo o a mi propia familia y amigos.

No todas esas influencias tienen el mismo valor, porque existen diferencias enormes en la calidad de las fuentes, el conocimiento y las evidencias; aun así, escuchamos, incorporamos y repetimos, muchas veces sin advertir dónde termina aquello que recibimos y dónde comienza lo que realmente hemos sometido a nuestro propio juicio.

Entonces la reprimenda que dirijo a mis hijas regresa hacia mí: ¿cuántas veces estaré yo diciendo lo que le escuché a algún otro?

Aprender no debería significar adoptar

Ser influido también significa haber aprendido, porque un profesor, un libro o una conversación pueden transformar nuestra manera de comprender el mundo; el problema comienza cuando confundimos aprender con adoptar y la autoridad que concedemos a quien habla sustituye las razones por las que aceptamos aquello que dice.

Por eso intento hacerme dos preguntas: ¿por qué pienso lo que pienso? y, todavía más incómoda, ¿qué tendría que descubrir para cambiar de opinión?

Pensar por nosotros mismos no significa producir una idea que nadie haya tenido antes, sino examinar aquello que recibimos, contrastarlo y hacernos responsables de por qué pensamos lo que pensamos.

Cuando las respuestas dejan de ser escasas

La inteligencia artificial vuelve esta cuestión todavía más urgente, aunque no la haya creado, porque ahora podemos pedir argumentos para defender una posición que ya teníamos, encontrar referencias que la respalden y transformar una intuición en un discurso perfectamente articulado, hasta llegar a una paradoja que me parece especialmente importante: podemos expresar cada vez mejor ideas que quizá todavía no hemos pensado suficientemente.

Ahí aparece uno de los grandes desafíos de la universidad contemporánea, porque cuando un estudiante puede acceder desde su teléfono a una cantidad inmensa de información y obtener una respuesta elaborada en segundos, quizá la universidad ya no pueda definir una parte tan importante de su valor por el simple acceso a las respuestas y deba concentrarse mucho más en enseñarnos a interrogarlas.

Eso significa distinguir evidencia, interpretación, opinión y creencia; confrontar fuentes, comprender posiciones contrarias sin caricaturizarlas y formular una pregunta que ninguna máquina debería responder por nosotros: ¿qué pienso yo de todo esto y por qué?

Pensar desde algún lugar

Pero tampoco pensamos desde ninguna parte, porque lo hacemos desde una lengua, una historia, una educación, un paisaje y una experiencia del mundo; yo difícilmente podría separar mi manera de mirar de Loja, Argentina, Estados Unidos, Ecuador y España, de los libros que he leído, del periodismo, el audiovisual, las universidades, los viajes y las personas que fui encontrando.

Eso no me encierra, sino que me sitúa.

Y quizá esa sea también una pregunta importante para nuestras universidades: participar en una conversación universal no debería exigirnos borrar el lugar desde el cual hablamos, sino preguntarnos qué podemos aportar precisamente porque miramos desde un lugar que no es intercambiable con cualquier otro.

Hablar desde los Andes

Mientras escribía Una voz propia fui comprendiendo que una voz propia no nace del aislamiento ni de una supuesta originalidad absoluta, sino de reconocer aquello que hemos recibido, hacerlo atravesar nuestra experiencia y decidir qué queremos hacer con ello; pero esa pregunta, que comenzó siendo personal, terminó llevándome hacia otra que ya no podía formular únicamente en singular: ¿desde dónde construimos las voces con las que queremos participar en el mundo?

De ahí nace también Los Apus, la plataforma que estamos construyendo junto con el equipo de A&D Real Time, no como una respuesta cerrada a esa pregunta, sino como un lugar desde el cual intentar ponerla en práctica: ¿qué podemos hacer con todo aquello que tenemos a nuestra disposición y qué podemos aportar desde los Andes a una conversación que es universal?

No se trata de fabricar una única «voz de los Andes», porque semejante voz no existe ni tendría sentido intentar construirla, sino de crear las condiciones para que muchas voces puedan investigar, recordar, crear, disentir y contar desde el lugar que habitan, utilizando también las herramientas de nuestro tiempo para relacionarse con conocimientos, personas e historias que proceden de cualquier parte del mundo.

Porque hablar desde los Andes no significa hablar solamente de los Andes, del mismo modo que tener una voz propia no significa hablar solamente de uno mismo; significa reconocer desde dónde hablamos para poder decidir qué queremos aportar a la conversación.

Quizá por eso el nombre de Los Apus me resulta cada vez más preciso, porque una montaña permite mirar lejos precisamente porque está situada en un lugar concreto y quizá nosotros podamos aspirar a algo semejante: mirar tan lejos como sea posible sin olvidar el lugar desde el cual estamos mirando.

Después de tantas palabras recibidas, tantas ideas heredadas, tantas voces escuchadas y tantas herramientas disponibles, regreso de alguna manera a aquella conversación de radio con la que comenzó todo, aunque la pregunta ya no sea exactamente la misma: si las palabras con las que pensamos vienen de otros lugares y muchas de nuestras ideas también, quizá lo verdaderamente nuestro no esté únicamente en su origen, sino en lo que decidimos hacer con ellas.

Por eso la pregunta ya no es solamente qué podemos hacer, sino qué queremos hacer con todo eso y desde dónde hemos decidido hacerlo.

Tal vez ahí comience una voz propia.

Este artículo nace de algunas de las preguntas que desarrollo en Una voz propia. Qué hacemos con lo que tenemos a nuestra disposición, publicado por Futura Libros.

El libro completo puede descargarse gratuitamente aquí:
https://bit.ly/4y9mgLV

#ElPoderDeUnaBuenaHistoria

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