Hay un aroma que cada noviembre nos devuelve a la infancia. Es el de la colada morada hirviendo lentamente en una olla, mientras alguien prepara las guaguas de pan y los mayores comienzan a contar historias de quienes ya no están. Afuera, los cementerios se llenan de flores. Adentro, las familias vuelven a reunirse alrededor de una ausencia que, por unas horas, parece sentirse menos lejana.
Así vivimos en Ecuador el 2 de noviembre, Día de los Difuntos. Una fecha que no nació únicamente de la tristeza, sino de una antigua manera de comprender la vida y la muerte.
Mucho antes de la llegada de los españoles, los pueblos andinos ya rendían homenaje a sus antepasados. Para ellos, morir no significaba desaparecer, sino continuar existiendo de otra manera. Durante determinadas celebraciones, como el Ayamarcay, recordaban a sus muertos mediante ceremonias, alimentos y encuentros comunitarios. La memoria de los ancestros también estaba relacionada con la tierra, las lluvias y los ciclos agrícolas.
Con la colonización llegó la conmemoración católica de los Fieles Difuntos. Ambas tradiciones comenzaron a encontrarse y, con el paso de los siglos, dieron origen a una expresión cultural profundamente ecuatoriana.
Para Moreno (2017) en sus estudios sobre las sociedades indígenas andinas, permite comprender la importancia que tuvieron las creencias, los rituales y la organización comunitaria en la construcción de nuestra identidad. Desde esa mirada, recordar a los muertos también significa reconocer las raíces que sostienen a los vivos.
Y aquellas raíces tienen sabor.
La colada morada, preparada con maíz negro o morado, frutas, especias y hierbas aromáticas, reúne ingredientes y conocimientos transmitidos entre generaciones. Las guaguas de pan, con sus formas humanas y decoraciones coloridas, acompañan una celebración donde la cocina se convierte en lenguaje de afecto.
En algunas comunidades indígenas, las familias todavía llevan alimentos a los cementerios y comparten momentos junto a las tumbas. No se trata solamente de visitar un lugar donde descansa alguien querido. Es una manera de expresar que los vínculos familiares no desaparecen con la muerte.
Para Sánchez (2016) al estudiar las comunidades andinas, ayuda a comprender la importancia de la reciprocidad y las relaciones comunitarias. Desde esta perspectiva, el homenaje a los difuntos puede entenderse también como una expresión de gratitud hacia quienes nos precedieron.
Sin embargo, hay algo que debería preocuparnos.
Vivimos tan apresurados que, algunas veces, hasta recordar parece convertirse en una obligación del calendario. Compramos flores, visitamos una tumba, cumplimos con la costumbre y regresamos a nuestras actividades sin detenernos a pensar qué nos dejaron aquellas personas.
Quizá el verdadero homenaje comienza cuando recuperamos sus enseñanzas, repetimos sus buenos gestos o contamos a nuestros hijos las historias de los abuelos que nunca conocieron.
Porque la memoria también necesita ser alimentada.
El Día de los Difuntos nos recuerda que una familia no está formada solamente por quienes hoy se sientan alrededor de la mesa. También la integran aquellos que nos enseñaron a caminar, trabajar, perdonar y amar.
Y cuando este noviembre volvamos a compartir una taza de colada morada y una guagua de pan, hagámoslo sin tanta prisa.
Tal vez descubramos que recordar a nuestros muertos no consiste únicamente en mirar hacia el pasado, sino en aprender a vivir mejor con todo aquello que nos dejaron.
Porque mientras alguien pronuncie sus nombres con cariño, cuente sus historias y conserve sus enseñanzas, habrá una parte de ellos que seguirá regresando a casa.
Fuentes de consulta:
1. Moreno, S. (2017). Simbolismo y ritual en las sublevaciones indígenas. Universidad Andina Simón Bolívar. Corporación Editora Nacional.
2. Sánchez, J. (2016). Crónicas de los Andes: Memorias del “otro”. Centro Andino de Acción Popular (CAAP).


