Hay algo que me llama la atención de nuestra sociedad: cada vez parece más fácil reclamar por lo que nos falta que reconocer lo que otros hacen por nosotros.
Lo vemos en casa. Una madre puede pasar buena parte del día preparando la comida, limpiando, atendiendo a sus hijos y resolviendo problemas, pero basta con que algo salga mal para que aparezcan las quejas. Un padre puede esforzarse por darle a su familia lo que necesita y, aun así, sentir que nunca es suficiente porque siempre hay algo más que comprar, pagar o conseguir.
También pasa entre las parejas. Al principio agradecemos que nos preparen un café, que nos pregunten cómo estuvo el día o que nos esperen para comer. Con el tiempo, esos pequeños gestos se vuelven parte de la rutina y dejamos de verlos. Ya no los reconocemos como muestras de cariño; simplemente esperamos que sigan ocurriendo.
En el trabajo sucede algo parecido. Cuando alguien hace bien sus tareas, parece que está cumpliendo con su obligación y no hay mucho que decir. Pero si se equivoca, el error se comenta, se recuerda y, a veces, pesa más que todo lo que hizo bien.
¿Nos estamos acostumbrando tanto a recibir que hemos olvidado agradecer?
Creo que también influye la forma en que nos comparamos con los demás. Vemos en las redes sociales a personas estrenando casa, viajando o alcanzando grandes metas, y comenzamos a mirar nuestra propia vida como si siempre estuviera incompleta. Lo que tenemos pierde importancia porque nuestra atención está puesta en lo que todavía no conseguimos.
Por supuesto, querer progresar no está mal. Todos tenemos derecho a aspirar a mejores condiciones de vida. El problema aparece cuando esa búsqueda nos impide reconocer el esfuerzo de quienes caminan con nosotros y disfrutar de aquello que ya hemos alcanzado.
A veces no hace falta hacer grandes cambios. Basta con agradecer la comida que alguien preparó, reconocer el esfuerzo de nuestros hijos aunque no obtengan la mejor calificación o decirle a nuestra pareja que valoramos lo que hace. Son detalles sencillos, pero no por eso menos importantes.
Quizá deberíamos preguntarnos cuándo fue la última vez que agradecimos algo que hoy damos por sentado.
Porque una cosa es querer una vida mejor y otra muy distinta es vivir sintiendo que nada de lo que tenemos es suficiente.



