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La ciudad que inundamos con nuestras propias manos

Esta semana, las lluvias volvieron a golpear con fuerza a nuestra ciudad. En cuestión de minutos, las calles se convirtieron en ríos, los cierres viales desataron el caos vehicular y las rutinas de miles de personas quedaron suspendidas bajo el agua. La escena no tardó en trasladarse al espacio digital: las redes sociales se llenaron de videos de avenidas anegadas, acompañados de una ola de indignación encabezada por ciudadanos y políticos de turno exigiendo la cabeza del actual alcalde.

Es innegable que el municipio tiene responsabilidades claras y directas. La limpieza preventiva de colectores, el mantenimiento de la red de alcantarillado, la planificación urbana y la atención rápida ante emergencias son competencias del gobierno local por las que los ciudadanos pagamos impuestos. Exigir que las autoridades cumplan con su trabajo no solo es un derecho, sino un deber democrático.

Sin embargo, hay una pregunta incómoda que pocos se atreven a formular en medio del alboroto digital: ¿cuál es nuestro aporte como ciudadanos?

Mantenemos la costumbre de esperar que el municipio lo resuelva absolutamente todo, mientras en la vida cotidiana actuamos con un desdén alarmante hacia el espacio público. Basta con recorrer la ciudad un día cualquiera para ver el origen de muchos de los colapsos que luego lamentamos: la persona que camina y lanza la envoltura al suelo como si la calle fuera un tacho gigante; el ocupante de un vehículo o autobús que abre la ventana para arrojar una botella plástica; o la camioneta que, amparada en la sombra de un camino poco transitado, descarga escombros de construcción en una cuneta o en una quebrada.

Cuando la tormenta llega, toda esa basura que arrojamos es arrastrada por la corriente directo a los sumideros. Ningún sistema de drenaje del mundo, por más moderno o bien mantenido que esté, puede resistir el taponamiento continuo causado por plásticos, empaques y restos de obra arrojados día a día por la propia comunidad.

Se ha vuelto demasiado cómodo señalar con el dedo hacia el cabildo cada vez que el agua nos llega a las rodillas, mientras ignoramos el rastro de desperdicios que dejamos a nuestro paso. Los políticos aprovechan la coyuntura para pescar en río revuelto y prometer soluciones mágicas, pero la realidad es otra: no hay administración municipal que alcance si la ciudadanía se comporta como el principal enemigo de su propia infraestructura.

Una ciudad resiliente y limpia no se construye únicamente desde los escritorios de la alcaldía ni con cuadrillas de limpieza trabajando contra el tiempo. Se construye, en primer lugar, desde la responsabilidad individual: educándonos en el manejo de nuestros desechos, denunciando a quienes contaminan quebradas y entendiendo que la calle no es el basurero de nadie.

La próxima vez que el agua se acumule en la esquina y sintamos la tentación de volcar nuestra furia en las redes sociales, detengámonos un segundo a mirar que estamos haciendo como ciudadanos por cuidar el espacio que es de todos.

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