«Se va a acabar, el mundo se va a acabar, si un día me has de querer te debes apresurar».
Así comienza El mundo, una canción del grupo mexicano Molotov, incluida en su disco Apocalypshit, que convierte el anuncio del apocalipsis en una invitación a apresurarse antes de que sea demasiado tarde.
El otro día, en una de esas conversaciones familiares con mis tíos que empiezan hablando de la vecina de la esquina y terminan en la geopolítica mundial, escuché una afirmación que ya se ha vuelto habitual en las conversaciones de calle, los medios de comunicación y las redes sociales:
—A este paso con las guerras, las armas nucleares y la IA, no vamos a llegar ni al 2030.
Uno de mis tíos mencionó las advertencias de científicos sobre la posibilidad de que una IA avanzada termine provocando la extinción humana (Geoffrey Hinton, pionero de esta tecnología y antiguo investigador de Google, firmó en 2023 una declaración pública que advertía sobre ese riesgo).
Por supuesto, advertir sobre un peligro no significa que vaya a materializarse, y menos antes de una fecha determinada. Pero mi tío ya había sacado sus conclusiones. Después de describir el panorama, nos aconsejó que nos apresuráramos a disfrutar de lo que nos quedaba. Si todo estaba a punto de irse al carajo, ¿para qué seguir aplazando los placeres?
La conversación me hizo gracia, pero también me dejó pensando.
Mientras algunos anuncian que quizá no lleguemos al 2030, yo sigo levantándome cada mañana, trabajando, resolviendo problemas, intentando construir un presente digno y un futuro esperanzador para mí, para mi familia, para mis hijas, para el mundo. Como millones de personas, dedico buena parte de mis días a proyectos cuyos frutos espero recoger quizá mañana, quizá dentro de muchos años.
Y, en medio de ese corre corre cotidiano, aparece una pregunta incómoda: ¿y si los apocalípticos tienen razón? ¿Vale la pena tanto esfuerzo? ¿No sería mejor tenderse al sol y esperar el impacto final? ¿Dejar de hacer planes y entregarse al viejo dicho argentino: «¡Que se pudra todo!»?
Mientras escuchaba a mi tío, recordé una historia de mi adolescencia en Loja. Entonces el anuncio del fin no venía de científicos ni de titulares de prensa, sino de una tabla de ouija.
En los barrios latinoamericanos uno aprende cosas que no se enseñan en ninguna escuela. La calle mezcla edades, clases sociales, intereses y experiencias. Los mayores se divierten a costa de los menores, que aprenden a desconfiar, a disimular el miedo y, con el tiempo, a devolver alguna broma. Esa convivencia va formando un callo que después sirve para desenvolverse en otros ámbitos de la sociedad.
Cuando tenía unos trece años, en mi barrio se puso de moda jugar a la ouija. Ya lo habíamos hecho varias veces. Para quien no conozca el juego, consiste en colocar los dedos sobre una pieza móvil que recorre un tablero con letras, números y respuestas como «sí» y «no». Los participantes hacen preguntas a un supuesto espíritu, que responde moviendo la pieza. Se supone que nadie la empuja, aunque esa es justamente la parte más discutible del asunto.
Una tarde nos reunimos cinco o seis en la casa del mayor del grupo, que tendría poco más de veinte años. Entre nosotros estaban dos primos hermanos míos, un par de años mayores que yo. Nos instalamos en la sala y comenzó el ritual. Los mayores dirigían la sesión y, como descubriríamos después, también el movimiento de la pieza.
Primero llegaron las preguntas de rigor: «¿Estás ahí?», «¿Cómo te llamas?». Eran parte del paripé necesario para ir inyectando miedo en el ambiente. Hasta que alguien hizo una pregunta que lo cambió todo:
—¿Alguien de los que estamos aquí va a morir pronto?
La respuesta fue sí.
—¿En cuántos días?
Tres o cuatro.
—Danos una pista del nombre.
La pieza indicó que comenzaba con R, tenía seis letras y terminaba en o.
Las pistas coincidían con los nombres de mis dos primos.
Terminamos la sesión y salimos a la calle. Ellos estaban aterrados, especialmente uno. El resto nos fuimos a una esquina a matarnos de la risa: los mayores, porque sabían que era una farsa; yo, porque no estaba entre los afectados. En ese momento, los menores todavía desconocíamos que los mayores habían manipulado la sesión.
Al día siguiente, el mayor del grupo, ideólogo y ejecutor de aquella puesta en escena, nos contó entre carcajadas que mi primo más asustado había ido a buscarlo a su casa. Quería pedirle un favor: si sabía que el condenado era él, que se lo dijera de una vez.
Tenía que aprovechar sus últimos días.
Quería probar todo lo que no había probado, acostarse con todas las mujeres que pudiera y entregarse a los placeres que su corta vida todavía no le había permitido. Si iba a morir, no pensaba desperdiciar los tres o cuatro días que le quedaban.
Durante años recordé aquella historia como una de tantas bromas de barrio. Pero ahora me interesa algo más que la broma.
Mi primo no necesitó más pruebas que unas letras moviéndose sobre un tablero para convencerse de que iba a morir. De pronto, todo aquello que podía esperar dejó de poder esperar.
Varias décadas después, mi tío proponía algo sorprendentemente parecido. Aunque las fuentes de sus temores eran muy distintas, ambos habían llegado a una misma conclusión: si el futuro tiene fecha de caducidad, más vale darse prisa en disfrutar el presente.
Hay una diferencia enorme entre saber que vamos a morir y creer que conocemos la fecha. Con la primera certeza aprendemos a convivir; la segunda convierte la vida en una cuenta regresiva.
Lo inquietante es que no hace falta que el mundo esté realmente a punto de terminar para que el anuncio de su final tenga consecuencias. A veces basta con que alguien consiga hacérnoslo creer. Desde hace milenios, los seres humanos hemos respondido a esa posibilidad de maneras distintas: buscando la salvación, obedeciendo a quienes prometen conocer el futuro o entregándonos a los placeres antes de que caiga el telón.
Pero tampoco sería correcto concluir que toda advertencia de catástrofe es una manipulación. Las amenazas nucleares, el cambio climático y los posibles riesgos de la inteligencia artificial merecen atención, aunque sus mecanismos, probabilidades y grados de evidencia sean diferentes.
El problema es que no siempre sabemos distinguir entre quien anuncia una catástrofe para aprovecharse de nuestro miedo y quien intenta evitarla. Y, a veces, cuando una advertencia consigue impedir el desastre, terminamos creyendo que el peligro nunca existió.
Esa paradoja, nacida de una conversación familiar y de una vieja broma en Loja, será el punto de partida de mis próximas reflexiones en InfoLoja. Quiero explorar por qué llevamos siglos anunciando el fin del mundo, cómo han cambiado nuestros miedos y quién se beneficia de ellos.
No se trata de burlarse de las creencias ni de negar los peligros, sino de aprender a mirar las advertencias con una mezcla necesaria de escepticismo y responsabilidad.
Mientras unos nos aconsejan disfrutar como si no hubiera mañana y otros nos exigen sacrificarnos para evitar la catástrofe, yo sigo preguntándome cómo construir un futuro para mis hijas sin ignorar los riesgos reales, pero también sin entregarles a los profetas del desastre el derecho a decidir cómo debemos vivir.
Creo que la pregunta más importante no es cuándo se va a acabar el mundo, sino qué hacemos con nuestra vida mientras esperamos que no se acabe.

