Últimamente parece que algunas conductas infantiles tienen una respuesta inmediata: “es autismo”, “tiene TDAH”, “debe tener algún trastorno”. A veces lo dice un padre preocupado; otras, un docente que observa un comportamiento diferente en el aula. Y entonces aparece la consulta, pero no siempre con una pregunta, sino con un diagnóstico ya elaborado.
El problema no está en buscar ayuda. Al contrario, detectar oportunamente dificultades en el desarrollo, el aprendizaje, la atención o la conducta puede cambiar positivamente la vida de un niño. El problema aparece cuando una sospecha se convierte en certeza antes de realizar una evaluación.
Un niño que se mueve mucho no necesariamente tiene TDAH. Uno que prefiere jugar solo no necesariamente tiene autismo. Que un estudiante tenga dificultades para concentrarse, sea muy sensible, tenga intereses particulares, presente una conducta desafiante o aprenda de una manera diferente tampoco permite, por sí solo, establecer un diagnóstico.
Diagnosticar implica mucho más que reconocer una característica que coincide con algo que vimos en redes sociales o escuchamos de otra persona. Requiere conocer la historia del desarrollo, observar diferentes contextos, valorar las dificultades y fortalezas, descartar otras posibles explicaciones y determinar si existe un patrón persistente que realmente afecta el funcionamiento de la persona.
También debemos preguntarnos cuánto influye el “qué dirán”. En ocasiones, una familia puede sentir presión porque otros niños ya tienen un diagnóstico, porque el colegio solicita una explicación para determinada conducta o porque existe temor de que el niño sea considerado “diferente”. Entonces la etiqueta puede convertirse, paradójicamente, en una forma de buscar tranquilidad social.
Pero un diagnóstico no debería responder a la necesidad de explicar rápidamente lo que nos incomoda o nos preocupa. Debería responder a una evaluación responsable y, sobre todo, servir para comprender mejor a la persona y determinar qué apoyos necesita.
Quizá antes de preguntar “¿qué tiene este niño?”, deberíamos preguntarnos: ¿qué estamos observando?, ¿desde cuándo ocurre?, ¿en qué situaciones aparece?, ¿cómo afecta su vida? y, sobre todo, ¿qué necesita?
Porque una conducta no es un diagnóstico, una sospecha no es una certeza y una etiqueta nunca debería reemplazar la evaluación.
Diagnosticar no es encontrar una etiqueta para explicar a un niño; es comprenderlo.


