El fin de semana tuve un pequeño accidente en un balneario. No fue algo grave, pero hubo un instante que me dejó pensando mucho más que el propio accidente: varias personas observaron lo que había ocurrido y, simplemente, nadie hizo nada.
Nadie se acercó a preguntar qué había pasado. Nadie preguntó si estaba bien. Nadie pareció sentir que aquello también tenía algo que ver con ellos.
Y aunque podría parecer una anécdota sin mayor importancia, la escena comenzó a hacerme eco con otras que vemos casi todos los días. Videos de accidentes en redes sociales, conductores que atropellan y se dan a la fuga, personas que permanecen alrededor de alguien herido sin intervenir, mientras alguien más graba con su teléfono.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿estamos atravesando una crisis de empatía?
Y pienso también en el caso de Nathaly Mafla, la joven estudiante de 20 años que desapareció en Quito y que, después de varios días de búsqueda, fue encontrada sin vida en una quebrada del sector de La Vicentina. Durante la investigación de su desaparición, las cámaras de seguridad permitieron observar parte de su recorrido y la captaron caminando aparentemente desorientada por las calles.
Su muerte todavía plantea muchas preguntas que deberán ser esclarecidas por las autoridades. Pero hay una pregunta que, como sociedad, también deberíamos hacernos: ¿cuántas personas pudieron verla?, ¿cuántas pudieron notar que algo no estaba bien?, ¿cuántas pudieron preguntarse si necesitaba ayuda?
No se trata de señalar culpables sin conocer los hechos. Se trata de preguntarnos qué hacemos cuando vemos a alguien que parece estar en una situación de vulnerabilidad.
Tal vez no se trate de que las personas hayan dejado de sentir. Quizá hemos aprendido a mirar el sufrimiento con demasiada frecuencia. La violencia, los accidentes y las tragedias aparecen diariamente en nuestras pantallas hasta convertirse, peligrosamente, en parte del paisaje.
También existe el miedo. Miedo a involucrarse, a equivocarse, a tener problemas legales, a que alguien nos responsabilice. Y existe el individualismo: esa idea silenciosa de que, mientras el problema no sea mío, alguien más se encargará.
Pero hay algo que no deberíamos perder: la capacidad de detenernos ante el dolor de otro ser humano.
No siempre podremos solucionar una emergencia. No todos sabemos primeros auxilios. No siempre tendremos las herramientas para intervenir. Pero casi todos podemos hacer algo: acercarnos, preguntar si necesita ayuda, llamar a emergencias, buscar a alguien que pueda intervenir.
A veces la empatía no exige grandes sacrificios. Exige simplemente dejar de mirar como espectador.
Quizá el problema no sea solamente que vemos demasiados accidentes. Quizá estamos empezando a acostumbrarnos demasiado al sufrimiento ajeno.
Y eso debería preocuparnos.
Porque una sociedad no demuestra su humanidad únicamente por la manera en que trata a quienes conoce y quiere. También la demuestra por lo que hace cuando un desconocido cae frente a ella.
Tal vez la pregunta no sea solamente “¿qué le pasó?”, sino “¿qué hice yo cuando lo vi?”.


