¿Qué institución estamos eligiendo realmente?
Cada vez que regreso a Loja descubro una ciudad distinta. Cambian las calles, aparecen nuevos edificios, desaparecen negocios que parecían eternos y surgen conversaciones que, casi inevitablemente, terminan hablando del Municipio. Quizá porque pocas instituciones influyen tanto en la vida cotidiana como la Alcaldía. Desde el agua que llega a nuestras casas hasta el estado de una calle, un parque o un mercado, buena parte de la calidad de vida de los lojanos depende de las decisiones que allí se toman.
No vivo actualmente en Loja. Sin embargo, sigo regresando con frecuencia por trabajo y, sobre todo, mediante la memoria, las noticias y esa costumbre tan nuestra de discutir apasionadamente sobre lo que la ciudad es y sobre aquello que todavía podría llegar a ser.
El próximo 29 de noviembre volveremos a elegir alcalde. Será una elección más dentro de una historia que comenzó hace casi dos siglos, cuando nacía la República del Ecuador. Pero antes de decidir quién debe ocupar el despacho principal del Municipio, quizá convenga detenernos un momento y preguntarnos algo más importante: ¿qué institución estamos eligiendo realmente?
Reconstruir la historia de la Alcaldía de Loja no es tan sencillo como parece. Las distintas fuentes históricas no coinciden plenamente. Algunas contabilizan únicamente a los alcaldes elegidos por votación popular; otras incorporan alcaldes encargados, interinos y presidentes del antiguo Concejo Municipal que ejercieron funciones equivalentes. Una recopilación periodística publicada recientemente estima que Loja ha tenido alrededor de 61 alcaldes electos desde el inicio de la República, aunque esa cifra todavía merece una verificación documental exhaustiva en el Archivo Histórico Municipal.
Más allá del número exacto, lo verdaderamente importante es comprender que cada alcalde gobernó una ciudad distinta. La Loja republicana del siglo XIX poco tiene que ver con la ciudad universitaria, comercial y de servicios que hoy, de acuerdo con las proyecciones demográficas del INEC, elaboradas a partir del Censo de Población y Vivienda 2022, supera los 214.000 habitantes. Han cambiado la población, la economía, las competencias municipales y las expectativas ciudadanas. También ha cambiado profundamente la figura del alcalde.
En sus orígenes, la Alcaldía cumplía funciones administrativas muy limitadas. Con el paso del tiempo, la descentralización fortaleció a los gobiernos municipales, otorgándoles competencias sobre planificación territorial, agua potable, alcantarillado, movilidad, gestión ambiental, mercados, espacios públicos, desarrollo urbano, patrimonio y una amplia cartera de servicios que hoy impactan directamente en la vida cotidiana de los ciudadanos.
La historia municipal de Loja está marcada por administraciones que acompañaron ese proceso de transformación. Figuras como Eduardo Mora Moreno, Alfredo Mora Reyes, Rubén Ortega Jaramillo, José Bolívar Castillo o Jorge Bailón Abad representan distintas etapas del desarrollo urbano e institucional de la ciudad. Todos gobernaron contextos diferentes y dejaron obras, aciertos y también decisiones que continúan siendo objeto de debate. Esa es precisamente la naturaleza de la historia: comprender los procesos, no reducirlos a héroes o villanos.
Pero la historia no solo explica de dónde venimos. También ayuda a entender por qué la política municipal de Loja ha cambiado tanto durante la última década.
Hasta hace pocos años parecía excepcional que un alcalde no concluyera su mandato. Hoy la realidad demuestra lo contrario. La revocatoria del mandato de José Bolívar Castillo en 2018, el fallecimiento de Jorge Bailón en 2022 y la remoción de Franco Quezada en 2025 evidencian que la estabilidad política municipal ya no puede darse por descontada.
Estos acontecimientos produjeron, además, otro hecho histórico: por primera vez, mujeres llegaron a ejercer la Alcaldía de Loja. Piedad Pineda asumió tras la revocatoria de José Bolívar Castillo; Patricia Picoita lo hizo después del fallecimiento de Jorge Bailón; y Diana Guayanay, tras la remoción de Franco Quezada. Ninguna fue elegida directamente para esa dignidad. Las tres llegaron mediante los mecanismos de sucesión previstos por la legislación ecuatoriana.
Ese cambio también transformó la manera de entender la Vicealcaldía. Durante muchos años fue vista como una función protocolaria. Hoy sabemos que no es así. A diferencia de lo que ocurre con la Presidencia de la República, los ciudadanos no eligen directamente a un vicealcalde o vicealcaldesa. Una vez posesionado el nuevo Concejo Municipal, son los propios concejales quienes eligen, por mayoría absoluta y de entre sus integrantes, a la segunda autoridad del cantón. Desde la reforma del COOTAD de 2023, esa elección debe respetar el principio de paridad de género, de modo que, por regla general, si el alcalde es hombre, la Vicealcaldía corresponde a una mujer y, si la alcaldesa es mujer, a un hombre, salvo que la composición del Concejo haga imposible aplicar este principio.
Esto significa que, al elegir a los concejales, la ciudadanía también está definiendo indirectamente quién podría convertirse en alcalde o alcaldesa si se activa el mecanismo de sucesión. En una ciudad donde esa sucesión ha debido aplicarse tres veces en menos de diez años, ese detalle deja de ser una curiosidad jurídica para convertirse en una realidad política.
Existe otra tendencia que merece atención. Las últimas elecciones han mostrado una creciente fragmentación del voto. Los alcaldes llegan al cargo con porcentajes relativamente bajos frente al total de votos válidos y luego deben gobernar una ciudad donde la mayoría apoyó otras candidaturas. Esa realidad no cuestiona su legitimidad democrática, pero sí les exige construir consensos desde el primer día. Gobernar se parece cada vez menos a ganar una elección y cada vez más a la capacidad de generar acuerdos.
Y precisamente ahí aparece el verdadero desafío.
Quien asuma la Alcaldía en diciembre no recibirá únicamente una institución con casi dos siglos de historia. También heredará una agenda compleja que difícilmente podrá resolverse en un solo período. Entre sus principales retos estarán recuperar la sostenibilidad financiera del Municipio; garantizar un sistema de agua potable y alcantarillado acorde con el crecimiento urbano; modernizar la movilidad; encontrar una solución sostenible para la gestión de residuos; fortalecer la seguridad desde las competencias municipales; atraer inversión y empleo para frenar la migración de jóvenes; proteger el patrimonio histórico, cultural y natural; reducir las brechas entre la ciudad y las parroquias rurales; consolidar una planificación territorial de largo plazo; reconstruir la confianza ciudadana mediante una administración transparente; y preparar a Loja para competir en la era de los datos y la inteligencia artificial.
Hoy las ciudades más competitivas ya no toman decisiones únicamente por intuición. Utilizan datos para planificar su crecimiento, gestionar el tránsito, optimizar el consumo de agua, anticipar riesgos, transparentar el gasto público y ofrecer mejores servicios a sus ciudadanos. La inteligencia artificial ya no es una promesa de futuro; es una herramienta de gestión que está transformando la administración pública en todo el mundo.
El próximo alcalde tendrá el desafío de decidir si Loja quiere formar parte de esa transformación o quedarse observándola desde la distancia. Darle la espalda al mundo nunca ha sido una estrategia de desarrollo. Aprovechar la revolución de los datos y la inteligencia artificial con criterios éticos, transparencia y sentido público puede convertirse en una ventaja competitiva para una ciudad que históricamente ha hecho de la educación, el conocimiento y la cultura una de sus principales fortalezas.
Ninguno de estos desafíos admite soluciones simples. Algunos dependen exclusivamente del Municipio; otros exigen coordinación con el Gobierno Nacional, el sector privado, la academia y la propia ciudadanía. Precisamente por eso, la campaña electoral debería hablar menos de promesas aisladas y más de capacidad de gestión.
Como lojano, aunque hoy viva lejos de mi ciudad, sigo convencido de que Loja merece un debate político de mayor profundidad. Menos consignas. Más datos. Menos confrontación. Más planificación.
La elección del 29 de noviembre decidirá quién ocupará el despacho más importante del Municipio durante los próximos años. Pero también pondrá a prueba nuestra capacidad para distinguir entre discursos y proyectos, entre popularidad y liderazgo, entre promesas y planificación.
Porque las ciudades no cambian únicamente por quienes las gobiernan. También cambian por la exigencia de quienes las eligen.

