Hay nombres que aprendemos antes de saber escribirlos. Los escuchamos en las conversaciones de nuestros abuelos, en las oraciones de nuestras madres y en aquellas romerías donde miles de voces parecen convertirse en una sola. Uno de ellos es el de nuestra querida Churonita. Pero ¿alguna vez nos hemos preguntado si debemos llamarla Virgen del Cisne o Virgen de El Cisne?
La pregunta parece sencilla, aunque detrás de esas palabras se esconde una historia que merece ser contada.
Un antiguo artículo de prensa, conservado como testimonio de la memoria lojana del ilustre educador Virgilio Guerrero (2001), planteaba precisamente esta inquietud. Su autor recordaba que los habitantes de Ambocas bautizaron a su Virgen como Nuestra Señora del Cisne. También recogía una curiosa explicación sobre el nombre del lugar: según una versión, los indígenas lo llamaban Cuizne, término que posteriormente habría evolucionado hacia Cisne. Otra interpretación relacionaba el nombre con los Caballeros del Cisne, congregación europea vinculada a la devoción mariana.
Son relatos que nos acercan al pasado, aunque no todos cuentan con la misma certeza histórica.
Con el transcurso de los años, aquella pequeña imagen recibió distintos nombres. Se la conoció como Nuestra Señora de Guadalupe del Cisne, por la semejanza atribuida a su representación original con la advocación mexicana. También fue llamada Nuestra Señora del Rosario del Cisne, Nuestra Señora de los Ángeles, Nuestra Señora de la Anunciación y Nuestra Señora de la Natividad.
Cada denominación habla de una época, una interpretación religiosa o una forma particular de expresar cariño. Y, sin embargo, todas terminan señalando a la misma Madre.
Pero volvamos a nuestra pregunta.
Desde el punto de vista gramatical, existe una diferencia importante. Cuando la preposición de se encuentra con el artículo el, normalmente se contraen en una sola palabra: del. Por eso decimos “la casa del vecino” o “las calles del barrio”.
Sin embargo, cuando “El” forma parte del nombre propio de un lugar, la contracción no debe realizarse. Así ocurre con El Salvador, El Cairo y también con El Cisne, nombre de la parroquia lojana.
Por consiguiente, si queremos respetar íntegramente el topónimo, la expresión adecuada es Nuestra Señora de El Cisne o Virgen de El Cisne.
¿Significa esto que debemos borrar de nuestra memoria la expresión “Virgen del Cisne”? De ninguna manera. Esa forma está profundamente arraigada en la tradición religiosa, en documentos históricos, canciones y testimonios populares. Lo importante es comprender que una cosa es conservar una denominación tradicional y otra escribir correctamente el nombre geográfico.
Y aquí aparece una reflexión que va más allá de la gramática.
Los pueblos no construyen su identidad solamente con monumentos y fechas. También lo hacen con palabras. Cada nombre guarda una manera de mirar el mundo y de reconocer aquello que consideran suyo.
Por eso vale la pena enseñar a las nuevas generaciones de dónde viene el nombre de nuestra Churonita, qué otras advocaciones recibió y por qué hoy podemos escribir Virgen de El Cisne sin desconocer a quienes durante siglos la llamaron Virgen del Cisne.
Al final, nuestra Campesina Bonita ha recibido muchos nombres, pero el cariño de su pueblo permanece intacto.
Porque los nombres pueden cambiar con el tiempo, las costumbres y las reglas del idioma. Lo que no cambia es ese vínculo que convierte a una pequeña imagen venerada entre las montañas en la Reina y Madre de generaciones enteras.
Y quizá allí esté la respuesta más hermosa: aprender a escribir correctamente su nombre también es una manera de cuidar nuestra historia.
Fuente de consulta: Guerrero, V. (2021). Nuestra Señora del Cisne. Fe y sentimiento del pueblo lojano [Fascículo]. Diario La Hora..


