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El gobernante mediocre no llega al poder a pesar de nosotros. Llega gracias a nosotros

Ante miles de personas que ya la querían, la Prefecta de Esmeraldas dijo en agosto de 2026 lo que nadie debería decir frente a un micrófono: que hizo trampa, que le funcionó, y que ahí estaba para demostrarlo. Copiona, pero prefecta”. La sala aplaudió.

Si Roberta Zambrano fuera de su partido, del que representa lo que usted cree que Ecuador necesita, la frase no le hubiera parecido tan graveLa hubiera leído con simpatía, como prueba de que al menos ella dice la verdad. Lo sé porque así funciona esto. No es cosa de ellos. Es cosa de todos. 

El ministro de Transporte, Roberto Luque, insistió en que el alza del 25% en los pasajes interprovinciales no era un “aumento” sino una “regularización”. El bolsillo del pasajero no registró esa distinción. El ex ministro de Trabajo, Harold Burbano, hoy candidato de ADN a la Alcaldía de Quito, sostuvo que en 2025 no hubo “despidos” sino desvinculaciones”, aunque 5.000 personas salieron del sector público. La asambleísta María Paula Villacreses defendió el archivo del juicio político contra Inés Manzano argumentando que ese proceso “no le va a devolver la plata al país”, una frase que, llevada al extremo, hace innecesaria la Asamblea entera. Diana Atamaint, ex presidenta del CNE, explicó que adelantar las elecciones seccionales del 14 de febrero al 29 de noviembre no era adelantar las elecciones, era adelantar las votaciones. La diferencia, supongo, la sabe ella.

Pero el fenómeno no tiene dueño. Rosa Cerda, de Pachakutik, dijo en un mitin en Napo en julio de 2021: “Si roben, roben bien, justifiquen bien, pero que no se dejen ver las cosas”. Roberto Cuero, de Revolución Ciudadana, forcejeó con militares durante un operativo en Guayaquil, el video resurgió en 2026, y él dijo que lo volvería a hacer. 

Nos gobiernan exactamente como les permitimos. Cerda apenas fue suspendida. Cuero no se retractó. Zambrano sigue en campaña. Y todos ellos llegaron, o siguen ahí, porque alguien los votó. Porque usted, o alguien que piensa como usted, o alguien que odia exactamente lo mismo que usted odia, marcó ese nombre en la papeleta y se fue a casa convencido de que había elegido bien.

Haga una prueba. Tome la peor declaración de su político favorito, esa que usted defiende como fuera de contexto, y póngala en boca del político que más detesta. Pregúntese si la defendería igual. Si la respuesta es no, ahí está el problema: no es que “todos sean iguales”, es que les aplicamos varas distintas según de qué lado estén sentados.

La próxima vez que vote, pregúntese tres cosas: qué ha hecho esta persona antes de pedir mi voto, si conoce realmente las competencias del cargo al que aspira, y de quién se ha rodeado. Si no encuentra respuestas y aun así marca ese nombre, no lo llame el menos malo. Llámelo lo que es: su candidato.

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