Hay bebidas que se toman simplemente para pasar el día, y hay otras que se beben para recordar quiénes somos. La chicha pertenece, sin lugar a dudas, al segundo grupo. Servida en un pilche, la chicha no es una simple bebida fermentada: es historia viva en estado líquido.
Aunque la industria y el relato dominante se esforzaron por borrar a la chicha de la vida cotidiana para sustituirla por bebidas embotelladas de consumo masivo, no lo lograron. No entendieron que la chicha no era solo una bebida; era un tejido social, una red hilada por las manos de la comunidad y una forma ancestral de entender la vida.
Hacer chicha es una lección de paciencia en una época obsesionada con lo instantáneo. Exige reconocer la cosecha y un cuidadoso proceso de selección de granos —hablando de la chicha de maíz o jora—, seguido por la germinación, la cocción y el fermento. Es una bebida mística, un canal de conexión directa y de agradecimiento a la Pachamama.
Los pueblos y nacionalidades del Ecuador han custodiado este saber de generación en generación. En los pondos no solo fermentan azúcares; fermenta cultura. Para preservar esta tradición, cuidan las semillas nativas y los cultivos sanos, asegurando que cada sorbo conserve el sabor genuino de la tierra limpia. Cada etapa del proceso, desde que se entierra la semilla hasta que se llena el pilche, es un acto de resistencia frente a la monotonía del consumo masivo.
Hablar de chicha, entonces, es hablar directamente de soberanía alimentaria. En un sistema globalizado que intenta uniformar los paladares con bebidas ultraprocesadas, la chicha representa la resistencia del territorio. Mantener viva su preparación implica defender la chakra, proteger las variedades autóctonas y garantizar que las comunidades mantengan el control sobre sus propios alimentos, sin depender de patentes agrícolas ni grandes corporaciones.
La chicha venció al olvido porque echó raíces profundas en la memoria colectiva. Ya sea como elemento ritual en las festividades del ciclo solar y agrícola o como pretexto para la conversación franca entre amigos y familia, este elixir nos demuestra que la identidad cultural de los pueblos y nacionalidades se conserva a pesar de los intentos del sistema por borrarla.
Celebrar la chicha no es un ejercicio de nostalgia ni una mirada romántica al pasado; es una postura política, ecológica y estética para el presente. Cada vez que alzamos un vaso de chicha, estamos respaldando la agricultura familiar, reconociendo el trabajo invisibilizado de las poblaciones rurales y diciendo «no» a la homogeneización de nuestros alimentos y saberes.
La chicha sigue viva, burbujeante y rebelde. Se bebe despacio, saboreando el dulzor natural, la fuerza suave del fermento y la dignidad de los pueblos y nacionalidades que la mantuvieron encendida. ¡Salud por la chicha, por las manos que la preparan y por la tierra que la hace posible!

