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Soy mujer y a mí no me representan

El próximo domingo acudes a las urnas y el militar en la puerta te impide pasar. No hay papeleta para ti; tu esposo ya firmó y votó en tu nombre. No es una historia de otra época ni el Afganistán de los talibanes; es la amenaza de julio de 2026 que la ultraderecha radical está promoviendo bajo el elegante nombre de voto por hogar. Tienen apellidos de alcurnia, financiamiento de sobra y, si nos descuidamos, esa locura se vuelve ley.

La idea tomó fuerza cuando la activista Erika Kirk logró reunir a cinco mil mujeres en Estados Unidos para convencerlas de algo insólito: que renunciar a la decisión política individual es el mayor acto de amor y protección familiar. Casi al mismo tiempo, en México, el joven político Javier Albarrán soltaba la misma ocurrencia en redes. Nos quieren vender que buscan unir a las familias, pero el fondo es: silenciar la voz femenina mediante la sumisión.

Esta regresión no viene solo de hombres con mentalidad del siglo pasado; viene de un grupo reducido de mujeres que, desde una posición de comodidad y privilegios, pretenden decidir por el resto. Es respetable que una mujer elija libremente dedicarse al hogar, se identifique con tendencias actuales como las tradwives (esposas tradicionales) y deje que su pareja decida por ella, esa es su libertad privada. Lo inadmisible es que pretendan volver su elección personal una regla general que anule los derechos de las demás. Ninguna minoría tiene la facultad de negociar los logros que se arrancaron a pulso tras años de luchas y represión, ni de permitir que el sufragio vuelva a ser un permiso concedido por los hombres. Es peligroso que las nuevas generaciones olviden cuánto costó llegar hasta aquí.

Los derechos no desaparecen de golpe, primero se relativizan, luego se cuestionan, después te los pintan como un obstáculo para un supuesto “bien mayor” y, cuando parpadeas, ya los perdiste. Un informe de ONU Mujeres confirmó que uno de cada cuatro países está perdiendo terreno en derechos que creíamos consolidados. Ecuador no es la excepción. Aquí, los partidos políticos que operan como clubes de amigos, siguen usando a las mujeres como mercancía de relleno para cumplir a regañadientes con la cuota de género. Pasa en Argentina con el desmantelamiento de los programas de protección, en Rusia con la despenalización de la violencia en el hogar y en Estados Unidos con el control sobre el cuerpo femenino. Todo empieza con un discurso aparentemente bonito sobre «proteger el hogar» y termina en la pérdida absoluta de la autonomía.

La tibieza no es un lujo que nos podamos permitir. Tampoco se trata de responder con el ataque, sino con la propuesta: hay que blindar el voto como un derecho universal, secreto e indelegable, y al mismo tiempo, exigir una participación política femenina que inspire confianza y demuestre capacidad. El voto no se comparte en la mesa ni es un poder que se le cede al marido para que lo administre. El voto es la herramienta civil más poderosa que tenemos para defendernos. A esa minoría que insiste en devolvernos al pasado para encajar en sus agendas particulares, hay que recordarles que el criterio de la mujer actual es diverso. Hablen por ustedes, porque al resto no nos representan.

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