Hay historias que comienzan con una fecha. Otras, con un milagro. La de Nuestra Señora de El Cisne comienza, según la memoria de su pueblo, con una tierra sedienta, unos campesinos desesperados y una esperanza que se negaba a morir.
Corría el año 1594. En aquel pequeño poblado escondido entre las montañas de Ambocas, la sequía había castigado duramente los campos. La tierra se agrietaba, las cosechas desaparecían y los alimentos escaseaban. Como si aquello no fuera suficiente, una plaga de ratones terminó consumiendo cuanto había conseguido resistir a la falta de lluvia.
Los moradores de El Cisne tomaron entonces una decisión dolorosa: abandonar sus tierras. Marcharse significaba dejar atrás sus hogares, sus sembríos y aquel lugar donde habían construido su vida.
Pero antes de partir, hicieron algo que cambiaría para siempre la historia de su comunidad: elevaron sus plegarias a la Virgen María.
Según el relato atribuido a los Anales de Montesinos, conservado en la Real Biblioteca de Madrid y recuperado por Riofrío, (1996) aquel 12 de octubre de 1594 apareció en el cielo una extraña nube cuya forma recordaba a la Virgen. Poco después comenzó a llover.
Podemos imaginar a los habitantes levantando la mirada, sintiendo nuevamente el agua sobre sus rostros y contemplando cómo aquella tierra, que parecía condenada al abandono, recibía una nueva oportunidad.
La tradición conserva también otro relato recopilado por Ojeda, (2010) que nos lleva hasta los campos donde una joven pastora cuidaba sus rebaños.
Cuenta que, durante sus jornadas de pastoreo, la muchacha recibía la compañía de una misteriosa mujer que compartía sus tareas. Aquella celestial pastora terminó revelándose como la Madre de Jesucristo y manifestó su deseo de establecer allí su morada para acompañar y auxiliar a sus habitantes. Por supuesto, los moradores no dieron crédito a las palabras de la doncella.
Cuando, según esta segunda narración, la sequía y la plaga de ratones azotaron nuevamente el lugar en 1596, los pobladores recordaron aquellas apariciones. Decidieron dar crédito al testimonio de la joven y prometieron levantar una gruta para venerar a María. La tradición cuenta que entonces regresaron las lluvias.
Son dos relatos que presentan diferencias en sus fechas y circunstancias, pero que comparten un mismo corazón: un pueblo enfrentado a la adversidad que encuentra en María una razón para permanecer y seguir adelante.
Han transcurrido 432 años desde aquel acontecimiento de 1594.
La pequeña comunidad de entonces difícilmente habría imaginado que su historia atravesaría siglos, montañas y fronteras. Que miles de peregrinos caminarían cada agosto detrás de una imagen. Que Loja abriría sus puertas para recibir a la Churonita y que generaciones enteras aprenderían a llamarla Campesina Bonita, Reina y Madre de El Cisne.
Sin embargo, reducir esta conmemoración a una cifra sería perder su verdadero significado.
Celebrar 432 años de devoción también debería invitarnos a recordar a aquellos primeros moradores, su relación con la tierra, sus dificultades y la esperanza que encontraron cuando todo parecía perdido.
Porque, más allá de las distintas versiones conservadas por la tradición, hay una enseñanza profundamente humana: ningún pueblo debería perder la capacidad de acompañarse en los momentos difíciles.
Hoy también atravesamos nuestras propias sequías. Algunas afectan los campos; otras, el corazón. Hay familias que luchan por permanecer unidas, jóvenes que buscan motivos para continuar y personas que necesitan encontrar un poco de luz en medio de sus preocupaciones.
Quizá por eso la historia de El Cisne sigue emocionándonos cuatro siglos después.
Porque nos recuerda que la fe de nuestros antepasados no nació entre comodidades, sino en medio de la necesidad.
Y que, aquel lejano octubre de 1594, cuando los habitantes de un pequeño villorrio pensaban abandonar definitivamente su tierra, comenzó una historia que todavía seguimos contando.
432 años después, la lluvia de aquella memoria continúa cayendo sobre generaciones enteras. Y mientras haya alguien dispuesto a levantar la mirada con esperanza, la historia de la Churonita seguirá viva. Como dice la oración de la Novena a Nuestra Madre de El Cisne: “…Bajo vuestras plantas las sementeras se cubren de flores y de frutos, ante vuestra presencia los estériles yermos se fecundan y a vuestro paso se alegran y vivifican los valles y las colinas.”
Fuentes de consulta: Riofrío, F. (1996): La Advocación de Nuestra Señora del Cisne. Banco Central del Ecuador / Ojeda, H. (2010). Tradición, historia y devoción de la Reina de El Cisne. Graficas Lizette.



