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La terquedad de abrazarnos en la tormenta

Cuando alguien dice que hay minka, nadie pregunta a qué hora se acaba la jornada. Se toma la herramienta, se lleva algo de comer para compartir y se camina hacia el encuentro. Crecimos viendo esa dinámica: la solidaridad no como una palabra bonita que se pronuncia en discursos, sino como barro en las botas, como el sonido de los picos abriendo zanjas y el olor de la comida compartida en una pambamesa. La minka es, antes que nada, la certeza de que nadie se salva solo y de que la vida comunitaria se sostiene con la fuerza de todas y todos.

Ese trabajo compartido para abrir un camino o levantar una casa comunal enseña algo fundamental: teje lazos que ninguna crisis puede romper fácilmente. Riendo juntos, sudando bajo el mismo sol y compartiendo la chicha, nos reconocemos como iguales. Aprendemos a confiar en el vecino y a saber que su problema es también el nuestro.

Por eso, cuando la necesidad aprieta o el peligro acecha, esa misma minka cambia de forma, pero conserva la misma esencia. Lo vimos en Cotacachi cuando las llamas amenazaban con destrozar el páramo; ahí la minka no fue para sembrar, sino para sofocar el fuego a fuerza de ramas, agua y coraje comunitario. La minka también se activa cuando la indignación colma la paciencia y el pueblo se junta para exigir la revocatoria de un gobernante que afecta los intereses populares, o cuando hay que salir a las calles a poner el cuerpo para defender el derecho a la vida y el territorio. En medio de las movilizaciones, minka son también las compas que cocinan para cientos en la olla comunitaria, el médico o brigadista que cura a los heridos y la comunidad entera que cuida el paso de quienes levantan la voz frente a las injusticias.

Pero hay una minka de la que poco se habla y que hoy se vuelve más urgente que nunca: la minka del cuidado y la defensa de nuestros propios compañeros y compañeras. Cuando el gobierno desata la persecución contra quienes se atreven a pensar diferente, a cuestionar el poder o a alzar la voz por sus territorios, la comunidad no mira hacia otro lado. Nos organizamos para cuidarlos, para acuerpar a sus familias, para ser refugio frente a la injusticia y para exigir su libertad. Defender a un luchador o a una luchadora social es defender la dignidad de todo el pueblo; es decirles a las estructuras de poder que, si se meten con uno, respondemos todos.

La minka nos recuerda algo que el mundo moderno parece haber olvidado: que la solidaridad es una herramienta de supervivencia y un acto de rebeldía. Mientras sigamos juntando las manos para trabajar, para apagar incendios, para protestar y para defender a los nuestros de la persecución, no habrá fuerza ni gobierno que pueda doblegar el tejido vivo de nuestros pueblos.

Al final del día, cuando el viento recrudece y las sombras del miedo pretenden acallar las voces de nuestra gente, nos queda la memoria ancestral de nuestros mayores para recordarnos quiénes somos. Que lo sepan bien quienes pretenden gobernarnos desde el olvido y la amenaza: no hay cárcel, ni decreto, ni fuego que apague la fuerza de un pueblo que aprendió a cuidarse en colectivo. Mientras nos queden fuerzas para levantarnos, la minka seguirá siendo nuestro escudo, nuestra trinchera y la promesa viva de que la dignidad jamás caminará sola.

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