¿Estamos eligiendo representantes o financiando la próxima aventura política de alguien?
A las puertas de un nuevo periodo electoral, Ecuador vuelve a presenciar el mismo espectáculo de siempre: políticos que saltan de un partido a otro sin despeinarse, alianzas amarradas a última hora y candidatos que prefieren no definir su ideología, si es que la tienen, para no desagradar a nadie. Parecería que tener convicciones se ha convertido en un riesgo y que la imprecisión es la mejor estrategia para ganar votos.
La corrupción no siempre roba dinero. A veces roba algo más difícil de recuperar: la confianza. Cuando un político cambia de principios con la misma facilidad con la que se cambia de ropa, lo que se rompe no es solo una promesa electoral, es el sentido mismo de la representación democrática.
Hay un tipo de fraude que no está escrito en el Código de la Democracia ni en el COIP, pero que destruye las instituciones por dentro. No necesita maletines con dinero ni contratos bajo la mesa. Se llama transfuguismo político, o lo que en Ecuador conocemos como camisetazo. El mecanismo es casi cínico. Te piden el voto con una bandera, unos principios y una organización; ganan la curul gracias a la militancia y, apenas cambia la marea o asoma una oferta mejor, se acomodan en el bando contrario.
Nos acostumbramos a ver dirigentes que ayer se declaraban adversarios irreconciliables y hoy aparecen abrazados en una foto oficial. Lo que antes denunciaban como corrupción, ahora lo justifican en nombre de la “gobernabilidad”; lo que antes era una traición imperdonable, hoy lo venden como madurez política.
Pero el engaño empieza mucho antes del camisetazo. Empieza cuando el candidato evita definirse políticamente y se presenta como «ni de izquierda ni de derecha», o «sin ideologías». Gobernar nunca es neutral. Decidir sobre la seguridad pública, el presupuesto estatal o el empleo implica, por fuerza, una postura política. Quien se niega a decir de qué lado está, lo que realmente busca es que el ciudadano no tenga cómo exigirle coherencia más adelante.
La fragilidad de nuestros partidos políticos terminó por convertir la política ecuatoriana en un mercado de abastos de candidaturas al mejor postor. Las alarmas de Latinobarómetro sobre el desplome de la confianza ciudadana son la crónica de lo que vivimos en la región.
Aunque, claro, culpar solo a los candidatos es la salida fácil. Los partidos políticos son cómplices absolutos cuando abren las puertas y ponen en primera fila a los que ayer defendían el proyecto de enfrente. Una organización que recicla cualquier figura con tal de raspar unos cuantos votos está gritando que sus principios son negociables.
Y los electores también debemos asumir nuestra responsabilidad. Hemos aprendido a indignarnos durante unas semanas y a olvidar durante cuatro años. Nos escandaliza la traición en el momento, pero casi nunca la castigamos en las urnas; después nos sorprendemos de que nada cambie.
La democracia no comienza el día de las votaciones. Comienza cuando reaccionamos, decidimos que nuestro voto no es un cheque en blanco y entendemos que el verdadero peligro no es solo que existan políticos dispuestos a cambiar de camiseta, sino que a nosotros nos dé exactamente igual que traicionen la palabra con la que se ganaron nuestra confianza.


