Cada mes de junio, el Ecuador mestizo experimenta una suerte de epifanía cultural. Nos alejamos momentáneamente de la rigidez occidental para sumergirnos en el Inti Raymi. Las redes sociales se inundan de postales multicolores, zamarros y wipalas, las instituciones diseñan afiches con fotos de danzas andinas, y la ciudadanía se mimetiza con el zapateo y la chicha. En esos días, parece ocurrir un milagro identitario: todos nos «indigenizamos». El mestizo abraza el misticismo del solsticio, celebra la Pachamama y se regocija en una plurinacionalidad de vitrina, cómoda y digerible.
Sin embargo, basta que los mismos pies que zapatearon en junio marchen sobre el asfalto de Quito en una movilización nacional para que el idilio folclórico se desintegre. En ese instante, el «indígena poético» de la fiesta se transforma, ante los ojos de la hegemonía urbana, en el «indígena político»: el «invasor», el «terrorista», el que «obstaculiza el progreso». Es ahí donde aflora un racismo visceral, un odio latente que demuestra que nuestra tolerancia dura lo que dura la fiesta.
Pero entendamos este fenómeno como una esquizofrenia social y para ello es fundamental acudir al buen Bolívar Echeverría y su concepto de «blanquitud». Echeverría nos enseñó que la blanquitud no es un rasgo puramente biológico o de color de piel (eso sería la «blancura»), sino una conducta, una exigencia de la modernidad capitalista. La blanquitud es un requisito de comportamiento, de productividad, de obediencia a las lógicas del mercado y del orden establecido. En el Ecuador, el mestizo se aferra con desesperación a esa blanquitud para distanciarse de su propio origen desvalorizado. Por eso, el poder tolera —e incluso consume— la estética del Inti Raymi, siempre y cuando se mantenga subordinada, silenciosa y folclorizada. Pero cuando los pueblos y nacionalidades como sujetos de derechos, rompen el guion de la blanquitud, cuando dejan de ser el guardián exótico de los Andes y exigen derechos, distribución de la riqueza y soberanía, el sistema lo percibe como intolerable.
Nelson Reascos habla sobre el racismo estructural en el país, la sociedad ecuatoriana padece de una ceguera selectiva y cito textualmente, “Los indígenas finalmente son sujetos de comparsa mientras estén disfrazados de diablos umas y mientras tengan platos típicos y bailes son aceptables, pero cuando son sujetos políticos que reclaman y protestan ahí en cambio son criminalizados” —advertía Reascos— es que la sociedad, en lugar de indignarse ante la violencia sistemática de la exclusión, vuelca su agresividad contra las víctimas cuando estas deciden protestar.
El uso desproporcionado de la fuerza y la posterior estigmatización de las protestas revelan que el Estado y las élites prefieren a los pueblos y nacionalidades en una temporalidad lineal y estática: atrapado en el pasado colonial o reducidos a un atractivo turístico. No entienden, la temporalidad espiral de la cosmovisión andina, donde el pasado reconfigura el presente para disputar el futuro.
Gozar del Inti Raymi mientras se aplaude la represión en los paros nacionales es el síntoma de una sociedad profundamente enferma de colonialidad. Desear la danza pero despreciar la demanda, consumir la chicha pero criminalizar la lucha, es la prueba de que el Ecuador moderno sigue exigiendo el blanqueamiento cultural como peaje para la ciudadanía. Mientras sigamos amando la cultura andina de exportación y odiando a los seres humanos de carne y hueso que la sostienen bajo condiciones de profunda inequidad, el Inti Raymi no será un espacio de encuentro, sino la máscara más cínica de nuestro propio racismo.






