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El Niño que llegó después: un detalle que también cuenta la historia de la Churonita

Hay imágenes que creemos conocer porque las hemos visto toda la vida. Están en las estampas de nuestros abuelos, en una fotografía familiar, en el altar de una casa o avanzando entre miles de personas durante una romería. Sin embargo, basta detener la mirada en un pequeño detalle para descubrir que también ellas tienen una historia que contar.

Eso sucede con la Virgen de El Cisne y el Niño Jesús que lleva consigo.

Hoy resultaría extraño imaginar a la Churonita sin el Niño. Parecen inseparables. Pero los textos históricos abren una ventana hacia un pasado diferente: la imagen original de Nuestra Señora de El Cisne habría sido concebida sin él.

Según Anales de Montesinos (citado por Riofrío, 1996) la primitiva advocación habría tenido relación con Nuestra Señora de Guadalupe de México. El autor encuentra semejanzas en la forma y estilo de las talladuras del manto y la túnica, su decoración y hasta en la antigua media luna situada a los pies de la imagen. Y plantea un detalle fundamental: aquella representación guadalupana no llevaba al Niño Jesús. Desde esta interpretación, tampoco lo habría tenido inicialmente la imagen venerada en El Cisne.

Entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿cuándo llegó el Niño a sus brazos?

Aquí la historia se vuelve fascinante no ofrece una respuesta definitiva.

De acuerdo a la versión que da Fray José Lucero (citado por Jaramillo, 1974) sostiene que el Niño que actualmente acompaña a la Virgen apareció aproximadamente cincuenta años después de inaugurada la advocación, aunque se admite que no existen noticias precisas sobre cuándo ocurrió ni por qué se tomó aquella decisión.

Y todavía aparece otra pista.

Ojeda (2010) expresa un notable parecido entre el Niño de la Virgen de El Cisne y el de la Virgen de la Presentación de El Quinche. Incluso el artista Alejandro Salas habría señalado que no existen diferencias fisonómicas importantes entre ambos y que probablemente fueron realizados por un mismo escultor.

No tenemos, por tanto, el nombre de aquel imaginero ni conocemos el día en que el pequeño Jesús llegó hasta la Virgen. Pero quizá esa ausencia de certezas vuelve aún más hermosa la historia.

La imagen también fue transformándose junto con la devoción de su pueblo.

El Niño es una figura independiente de la Madre, lo que permite separarlo y vestirlo. Incluso posee su propia tradición: en Navidad es retirado de los brazos de María, colocado en una silla especial y recibe el homenaje de los fieles durante la Nochebuena del 24 de diciembre. Mientras tanto, la Virgen también fue adquiriendo distintas vestimentas hasta convertirse en aquella Reina viajera que conocemos: sombrero de ala ancha, chal y pequeña alforja cuando emprende el camino; vestidos bordados, joyas y corona durante sus grandes celebraciones.

Hay algo profundamente humano en todo esto.

Durante siglos hemos contemplado una imagen terminada, cuando en realidad estamos frente a una historia construida poco a poco. Primero estuvo aquella pequeña Virgen de madera. Después llegó el Niño. Más tarde vinieron vestidos, coronas, nombres cariñosos y generaciones enteras que la hicieron parte de sus vidas.

Tal vez por eso conocer estos detalles no disminuye la devoción. Al contrario, permite comprenderla.

La próxima vez que miremos a la Churonita llevando al Niño Jesús en su brazo izquierdo, quizá podamos detenernos unos segundos.

Porque ese pequeño Niño que hoy parece haber estado allí desde siempre también tuvo un primer día junto a su Madre.

Y aunque la historia haya olvidado cuándo ocurrió, cuatro siglos de devoción consiguieron que nadie vuelva a imaginarlos separados.

Fuente de consulta: Riofrío, F. (1996): La Advocación de Nuestra Señora del Cisne. Banco Central del Ecuador / Jaramillo, P. (1974). Crónicas y Documentos al margen de la historia de Loja y su Provincia. Casa de la Cultura Ecuatoriana. / Ojeda, H. (2010). Tradición, historia y devoción de la Reina de El Cisne. Graficas Lizette.

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