Llega el 1 de octubre, se desempolva el patriotismo de vitrina y las redes sociales se llenan de banderas tricolores, fotos o videos de JJ y publicaciones muy sentidas acompañadas por el clásico verso: «No puedo verte triste porque me mata…». Radios, programas de televisión, influencers e instituciones públicas se suman a la fiesta del Día del Pasillo Ecuatoriano poniendo a sonar a todo volumen el himno no oficial de la nostalgia nacional: Nuestro Juramento.
Todo muy hermoso, muy nostálgico y muy ecuatoriano… salvo por un pequeñísimo detalle técnico: no es un pasillo y tampoco es ecuatoriano.
Sí, lamento romper tu corazón, pero alguien tiene que decirlo. Nuestro Juramento es un bolero escrito por el maestro Benito de Jesús en Puerto Rico. Pero como lo cantó nuestro inmortal Julio Jaramillo con ese sentimiento desgarrador que solo el «Ruiseñor de América» podía imprimirle, en este país asumimos —con la firmeza de un dogma de fe— que cualquier cosa que haya salido de la garganta de JJ es, por decreto divino, un pasillo.
Esta confusión colectiva que se repite religiosamente cada año no es solo una anécdota simpática para hacer memes. Es el síntoma radiante de un problema estructural bastante más serio: el analfabetismo musical en el que vivimos sumergidos. En Ecuador hemos elevado el pasillo a la categoría de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, pero la mitad del país no sabría diferenciar un ritmo como el pasillo de uno como el bolero ni aunque su vida dependiera de ello.
Para el común de los mortales y, trágicamente, para muchos «comunicadores», la ecuación musical es bastante más simplista: si tiene guitarra, suena triste, habla de morir de amor y lo canta Julio Jaramillo, es un pasillo. Punto.
Aquí es donde la educación musical deja de ser ese taller optativo y aburrido donde nos enseñaban a tocar Los pollitos dicen en una flauta dulce de plástico para convertirse en una necesidad cultural urgente. Aprender música en la escuela no se trata de meterle a la fuerza a los niños la biografía de Bach o de formar un país lleno de concertistas de piano. Se trata de enseñar a escuchar, de entender la diferencia entre géneros, de saber valorar la riqueza rítmica y la métrica de lo que nos pertenece. Si el sistema educativo dedicara aunque sea diez minutos a explicar la estructura de un pasillo —heredero del vals europeo, mestizo, melancólico, con su ritmo ternario tan característico—, tal vez no veríamos a instituciones oficiales felicitando al país en su día nacional acompañados por un bolero caribeño.
Ojo, esto no es para restarle un solo gramo de mérito a Nuestro Juramento ni al mismísimo JJ, quien fue un fenómeno precisamente por su capacidad para dominar tangos, valses, rancheras y boleros con la misma maestría que sus pasillos natalicios. El problema no es la canción —que es una joya indiscutible del cancionero latinoamericano—; el problema es nuestro desconocimiento orgulloso.
Este 1 de octubre, cuando veas a tu medio de comunicación favorito o a tu amigo el «patriota de feriado» publicando el clásico verso de «después de muertos amarnos más» para celebrar el pasillo, regálale una sonrisa compasiva. Y luego, de ser posible, explícale con paciencia que la educación musical no muerde. Para que al menos el próximo año sepamos lo que estamos celebrando y nos ahorremos la pena de jurarle amor eterno al pasillo con un bolero.


