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Cada septiembre se enciende el cielo: Los “castillos” que iluminan la memoria de Loja

Hay recuerdos de septiembre que no comienzan con una fotografía, sino con un sonido. Primero, el redoble de la banda; después, el silbido de un cohete que obliga a levantar la cabeza y, finalmente, un cielo oscuro que se llena de chispas. Para varias generaciones de lojanos, así se anunciaban las noches de fiesta en honor a Nuestra Señora de El Cisne.

Desde que la romería quedó vinculada a Loja en 1829, por disposición de Simón Bolívar, y tomó fuerza desde 1830, septiembre dejó de ser un mes cualquiera. La llegada de la Virgen convoca peregrinos, comerciantes y familias enteras. Con el tiempo, alrededor de la celebración religiosa crecieron expresiones populares que hicieron de los primeros ocho días de septiembre una experiencia de fe, encuentro y alegría.

Entre ellas están los inolvidables “castillos”.

No son castillos para habitarlos. Son enormes estructuras levantadas artesanalmente, cargadas de ruedas, figuras y juegos pirotécnicos que esperan la noche para cobrar vida. Durante más de un siglo, familias dedicadas a este oficio han aprendido a construirlos transmitiendo conocimientos de padres a hijos. Cuando se enciende el primer cuerpo, comienza una especie de relato escrito con fuego: una rueda gira, otra responde, aparecen colores y el público espera el momento en que toda la estructura parece vencer por unos segundos a la oscuridad. Su quema simboliza la iluminación espiritual y la purificación, una historia visual de triunfo de la luz sobre la oscuridad, propia del pensamiento del hombre y mujer andino.

Pero ninguna noche estaba completa sin sus personajes.

De pronto aparecía la “Vaca Loca” abriéndose paso entre la multitud. Bastaba verla aproximarse para que niños y adultos corrieran entre gritos y carcajadas mientras sus chispas perseguían a los más atrevidos. El miedo duraba poco; la risa, mucho más. Se dice que nace como una parodia y respuesta tras la introducción de las corridas de toros por los colonizadores a estas tierras, y como los pobladores no podrían participar de las mismas, ellos se ingeniaron con el uso de la pólvora a crear su propio espectáculo.

Adicional, fueron apariendo otros personajes de luces, como el “Indio Lorenzo” y la “Mamá Juana”, personajes ligados al imaginario campesino del austro ecuatoriano. Él evoca al hombre trabajador de la tierra; ella, a esa mujer andina fuerte que sostiene familia, hogar y campo. Convertidos en figuras festivas, parecen recordarnos que la celebración también pertenece a la gente sencilla que durante generaciones la sostuvo.

Y también aparecen los “Curiquingues”, inspirados en aquella emblemática ave andina. Sus figuras y movimientos traían algo de nuestras montañas a la fiesta. A ellos se sumaban otras formas nacidas de la imaginación de los artesanos: pavos, perros, gallos, toros, pescados…, es decir representar a los animales propios del campo y de los bosques, y aquellos globos aerostáticos de papel que ascendían lentamente. Todos seguimos con la mirada al mismo globo hasta verlo transformarse en un pequeño punto luminoso. 

Eso dice mucho de lo que realmente significa una fiesta popular.

Podríamos reducir los castillos a pólvora, ruido y luces. Sería quedarnos con la mitad de la historia. La tradición pirotécnica ecuatoriana posee también un profundo sentido comunitario: detrás de cada estructura existen artesanos, familias, priostes, devotos y conocimientos transmitidos durante generaciones. El fuego deja de ser únicamente espectáculo y se convierte en memoria compartida.

Naturalmente, preservar una tradición también exige aprender a celebrarla responsablemente, y aunque actualmente existen grupos que exigen cambios a la forma de celebrar, lo cierto que por un momento la ciudad de Loja es un centro de luces, alegría, diversión, un septiembre distinto de otro, y por ende se debe conservar el patrimonio propio de la cultura que atrae a propios y extraños y la economía se dinamiza. Solo son momentos que requieren la comprensión de todo el vecindario.

Quizá por eso septiembre todavía tiene una luz distinta en Loja.

Cuando se enciende un “castillo”, no solamente gira una rueda de fuego. También vuelven por un instante aquellos abuelos y padres que nos llevaron de la mano, los niños que fuimos, las bandas de pueblo, las carreras delante de la “Vaca Loca” y aquella emoción inexplicable de esperar que se encendiera el siguiente piso.

Y mientras la “Churonita” permanece entre sus hijos, Loja vuelve a mirar hacia arriba.

Porque algunas tradiciones no necesitan permanecer inmóviles para sobrevivir. Necesitan conservar aquello que las hizo grandes: la capacidad de reunir a un pueblo bajo un mismo cielo y recordarle, entre luces y memoria, que todavía tiene una historia que celebrar.

Fuente de consulta: Orellana, H. (2017). Diseño de un taller artesanal de pirotecnia con fines turísticos en el sector Zhirimpi de la parroquia Remigio Crespo Toral perteneciente al cantón Gualaceo [tesis de grado, Universidad del Azuay]. Repositorio Institucional.

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