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Mundial 2026 ¿La justicia es igual para todos?

Hay una frase que repetimos con tanta naturalidad que casi hemos dejado de preguntarnos qué significa: la justicia es igual para todos.

La encontramos en constituciones, tribunales y declaraciones de derechos, como si describiera una realidad comprobada y no una aspiración que la humanidad lleva siglos intentando cumplir.

Para entenderla conviene comenzar por las palabras. Igualdad procede del latín aequalitas y remite a la equiparación. Justicia viene de iustitia y se relaciona con aquello que debe resolverse conforme al derecho, la razón y la equidad.

En el mundo griego apareció además la isonomía, expresión que suele traducirse como “igualdad de ley”: la idea de que los ciudadanos debían estar sometidos a una norma común y no a la voluntad arbitraria de un gobernante.

Pero aquella igualdad solo alcanzaba a quienes eran reconocidos como ciudadanos. Mujeres, esclavos y extranjeros quedaban fuera. Desde su origen, por tanto, la igualdad encierra una contradicción: puede proclamarse como principio general mientras el poder decide quién entra realmente en ese “todos”.

Hannah Arendt lo expresó con precisión:

No nacemos iguales; nos volvemos iguales como miembros de un grupo que decide garantizarse mutuamente derechos iguales.

La igualdad no aparece espontáneamente. Necesita una comunidad política dispuesta a reconocerla y protegerla.

Una promesa incompleta

La Revolución francesa convirtió aquella aspiración en uno de los fundamentos de la política moderna.

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 afirmó que los seres humanos nacen libres e iguales en derechos y que la ley debe ser la misma para todos, tanto cuando protege como cuando castiga.

Pero aquella universalidad fue incompleta.

Las mujeres no obtuvieron una ciudadanía política equivalente. Olympe de Gouges respondió en 1791 con la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, denunciando que una revolución podía hablar en nombre de la humanidad mientras excluía a la mitad de ella.

La igualdad convivió también con la esclavitud colonial. Francia la abolió en 1794, pero la legislación napoleónica de 1802 la mantuvo o restableció en distintos territorios.

La misma tradición que proclamaba la libertad aceptó nuevamente que algunos seres humanos fueran tratados como propiedad.

La igualdad nació, por tanto, como una promesa más grande que las sociedades que la formularon. Desde entonces, el problema no ha sido solamente escribirla, sino conseguir que quienes controlan el poder la apliquen incluso cuando perjudica sus intereses.

La misma norma no garantiza la misma justicia

Una regla puede estar escrita para todos y aplicarse de manera desigual.

La desigualdad aparece allí donde alguien debe interpretar una norma, seleccionar una prueba, determinar la gravedad de una conducta o conceder una excepción.

El poder no siempre necesita violar abiertamente la ley. Muchas veces actúa en las zonas grises que la propia ley deja abiertas.

Y pocos espacios muestran esa tensión de manera tan visible como el fútbol.

El fútbol como espejo de la sociedad

Juan Villoro ha señalado que, para conocer una sociedad, hay que observar aquello que le gusta, y que el fútbol explica muchas cosas.

En apariencia, el juego constituye un espacio igualitario: dos equipos, el mismo terreno, el mismo tiempo, el mismo número de jugadores y un reglamento común.

Pero las reglas no se aplican en el vacío. Se aplican dentro de estadios, instituciones, mercados, jerarquías históricas y presiones colectivas.

He vivido el fútbol desde los dos lados de esa jerarquía. He sido hincha de equipos grandes, protegidos por la seguridad simbólica de la historia, los títulos y la expectativa. Pero también he acompañado a clubes provinciales, a equipos de una ciudad como Loja y a mi equipo ecuatoriano cuando disputa la Copa Libertadores frente a instituciones con presupuestos e influencia muy superiores.

Incluso entre poderosos existen escalones. El Atlético de Madrid puede ser un gigante y, sin embargo, ocupar una posición diferente cuando se enfrenta al Real Madrid o a los clubes con mayor peso económico y mediático de Europa.

Ser grande o pequeño depende del escenario, del rival y de la estructura dentro de la cual se juega.

Quien ocupa la posición subordinada sabe que no solo debe vencer a once futbolistas. También debe enfrentarse al estadio, a la reputación del adversario y a la facilidad con la que la interpretación del poderoso parece convertirse en la interpretación natural.

No es necesario imaginar árbitros comprados. La presión puede ser inconsciente.

Los partidos disputados sin público durante la pandemia permitieron estudiar ese efecto. Una investigación sobre 1.498 encuentros de 23 ligas y 17 países encontró que, sin espectadores, los visitantes recibían menos tarjetas y disminuía parte de la ventaja disciplinaria del equipo local.

El poder no siempre da una orden. A veces modifica el coste psicológico de decidir.

El VAR no elimina el poder

La tecnología prometió corregir los errores humanos. Sin embargo, el VAR no elimina la interpretación: la desplaza.

Alguien sigue decidiendo qué ángulo mirar, hasta dónde retroceder, qué contacto es relevante y cuándo un error es suficientemente claro para intervenir.

Antes discutíamos quién tenía el silbato. Ahora debemos preguntar también quién controla las imágenes, los sensores y la explicación pública de la jugada.

La tecnología puede aumentar la precisión, pero no garantiza por sí sola la igualdad.

El poder de construir el “robo”

Una decisión no termina cuando el árbitro pita. En ese momento comienza otra disputa: la lucha por imponer qué significa lo ocurrido.

Las grandes selecciones poseen medios, comentaristas, dirigentes, exjugadores, creadores de contenido y millones de aficionados capaces de instalar rápidamente un clima de “nos están robando”.

El problema no es denunciar una injusticia real. El problema aparece cuando la indignación es selectiva.

Cuando una decisión perjudica a nuestro equipo, hablamos de persecución o conspiración. Cuando lo favorece, decimos que el árbitro es humano.

Nos sumamos a una tesis y empezamos a mirar únicamente aquello que la confirma.

Quienes creen que Argentina avanza solo por Gianni Infantino o por la FIFA transforman cada decisión favorable en una prueba de conspiración. Pero cuando una resolución semejante beneficia a su propia selección, la presentan como un error comprensible.

Los defensores de Argentina pueden hacer exactamente lo contrario.

La doble vara no pertenece únicamente al árbitro. También pertenece al hincha.

Un Mundial bajo interpretación

El Mundial 2026 ha dejado suficientes episodios para poner a prueba ese criterio.

Argelia protestó ante FIFA porque consideró que una entrada de Lionel Messi merecía expulsión. Eso no demuestra una protección institucional, pero permite preguntar si el mismo umbral se habría utilizado con un jugador menos decisivo.

Egipto, que ganaba 2-0 a Argentina, vio anulado un gol después de que el VAR retrocediera hasta encontrar una falta anterior. También reclamó un contacto antes del tanto argentino de la victoria. La federación egipcia denunció un uso inconsistente del VAR, mientras Pierluigi Collina defendió ambas decisiones.

La pregunta permanece:

¿Se habría buscado la infracción con la misma intensidad si las camisetas estuvieran intercambiadas?

El Ecuador-Alemania ofrece el contraejemplo necesario. Ecuador reclamó una acción sobre Pedro Vite antes del primer gol alemán y el tanto fue validado. Más tarde, con 1-1, el VAR sí retrocedió para detectar una falta de Leroy Sané sobre Vite y anuló un penalti a favor de Alemania.

La decisión benefició al equipo con menor poder y recuerda que las grandes selecciones también son perjudicadas.

En el España-Bélgica, una mano reclamada de Rodri no fue sancionada. Sin una explicación oficial específica, no puede afirmarse de manera concluyente si la decisión fue correcta. No toda imagen polémica prueba una doble vara.

En Argentina-Suiza, el árbitro amonestó inicialmente a Leandro Paredes, pero el VAR corrigió la identidad del infractor y sancionó a Breel Embolo por simulación. Como ya tenía una amarilla, fue expulsado. La intervención estaba permitida por el reglamento, aunque cambió profundamente el partido.

La tecnología produjo también dos controversias opuestas. En Croacia-Portugal, el balón conectado detectó un contacto mínimo que permitió anular un gol. En Inglaterra-Noruega, los noruegos sostuvieron que el balón había tocado un cable de la cámara aérea antes del empate inglés, mientras FIFA afirmó que el sensor no registró la interferencia.

El contacto con el cable no quedó probado, pero la pregunta institucional es inevitable:

¿Quién audita los datos cuando la misma organización controla la tecnología y su explicación?

La excepción Balogun

El caso del estadounidense Folarin Balogun atravesó una frontera diferente.

El delantero fue expulsado contra Bosnia y debía cumplir una suspensión. Después de que Donald Trump pidiera a Gianni Infantino revisar el caso, FIFA mantuvo formalmente la sanción, pero suspendió su ejecución mediante una cláusula de su Código Disciplinario. Balogun pudo jugar el siguiente partido.

FIFA sostuvo que su órgano actuó con independencia. UEFA, en cambio, afirmó que la decisión había cruzado una “línea roja”.

A mi juicio, aquella resolución alteró las condiciones de igualdad competitiva. No porque Estados Unidos ganara —fue eliminado por Bélgica—, sino porque una consecuencia normalmente inmediata quedó neutralizada después de una intervención política al máximo nivel.

No todos los futbolistas tienen un presidente capaz de llamar al presidente de FIFA.

Las grandes selecciones no reciben necesariamente todas las decisiones favorables, pero poseen mayores recursos para influir en el contexto institucional, mediático y emocional en el que se interpretan las decisiones dudosas.

El poder no garantiza todos los fallos. Produce una ventaja probabilística, reputacional e institucional allí donde la norma permite interpretación.

La prueba de la otra camiseta

¿Cómo distinguir una injusticia real de nuestra propia parcialidad?

Tal vez mediante una prueba sencilla: intercambiar mentalmente las camisetas.

¿El árbitro habría pitado lo mismo?

¿El VAR habría intervenido?

¿La institución habría concedido la misma excepción?

¿Los medios habrían hablado de robo?

¿Nosotros juzgaríamos igual la jugada si hubiera beneficiado al rival?

Las selecciones campeonas han sido favorecidas y perjudicadas. Tener una estrella no garantiza cada decisión. Pero el poder modifica el entorno en el que esas decisiones se toman, se revisan, se explican y se recuerdan.

Quienes llevamos una vida viendo fútbol sabemos que ese poder también juega. Lo sabemos y, aunque nos parezca triste y profundamente injusto, seguimos enganchados a su belleza, a su incertidumbre y a la esperanza de que durante noventa minutos el pequeño todavía pueda desafiar al poderoso.

Quizá por eso cada injusticia duele tanto: porque seguimos deseando que, al menos dentro del campo, la promesa de igualdad sea verdadera.

Y por eso, ante cada decisión dudosa, vuelvo siempre a la misma pregunta:

¿Lo habrían cobrado para el otro lado?

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