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El cajón que nunca abrimos: las decisiones que postergamos también ocupan espacio

Todos tenemos un cajón que rara vez abrimos. Allí descansan objetos que llevan años sin cumplir ninguna función: un cable de un aparato que ya no existe, una libreta a medio llenar, una caja vacía o una prenda que prometimos volver a usar. A simple vista, parecen simples acumulaciones sin importancia. Sin embargo, la verdadera pregunta no es por qué seguimos guardando esas cosas, sino qué parte de nuestra historia continúa aferrándose a ellas.

Con frecuencia creemos que acumulamos por desorden o por costumbre. Pero la psicología demuestra que muchas de nuestras decisiones cotidianas están guiadas por procesos emocionales mucho más profundos de lo que imaginamos. Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky (1979) explicaron, mediante la “Teoría de la Perspectiva” (Prospect Theory), que el ser humano experimenta un mayor dolor al perder algo que la satisfacción que produce ganar un beneficio equivalente. En otras palabras, muchas veces conservamos objetos no porque los necesitemos, sino porque desprendernos de ellos nos hace sentir que estamos perdiendo una parte de nosotros.

Pero ese fenómeno va mucho más allá de un cajón lleno. También ocurre con las decisiones que aplazamos, los proyectos que nunca iniciamos, las conversaciones que evitamos y las despedidas que no terminamos de aceptar. Mientras dejamos todo para “algún día”, creemos que mantenemos abiertas las posibilidades. Sin embargo, ese “algún día” suele convertirse en un refugio donde escondemos nuestros miedos.

El médico y psiquiatra Viktor Frankl sostenía que la libertad más profunda del ser humano consiste en elegir la actitud con la que enfrenta su realidad. Esa idea resulta especialmente vigente cuando comprendemos que muchas veces no son los objetos los que nos mantienen atados, sino el significado que les atribuimos. Una fotografía puede representar un recuerdo; una carta puede conservar un afecto; pero también pueden convertirse en una forma silenciosa de evitar aceptar que una etapa terminó.

En el ámbito del coaching hemos escuchado hablar con frecuencia de “hacer espacio para lo nuevo”. No se trata únicamente de ordenar una habitación, sino de revisar aquello que seguimos cargando por costumbre. Cada decisión postergada consume una parte de nuestra energía mental. Cada asunto inconcluso permanece abierto como una pestaña más en nuestra mente, restándonos claridad para vivir plenamente el presente.

Quizá por eso ordenar un cajón produce, en ocasiones, una sensación inesperada de alivio. No porque desaparezcan unos cuantos objetos, sino porque tomamos una decisión que llevaba demasiado tiempo esperando. Elegir también es una forma de crecer.

La vida cambia constantemente y nosotros cambiamos con ella. Aferrarnos a todo lo vivido no siempre significa honrar el pasado; a veces significa impedir que el futuro encuentre espacio para desarrollarse. Soltar no equivale a olvidar. Significa agradecer lo aprendido, reconocer el valor de lo vivido y aceptar que algunas etapas cumplieron su propósito.

Hoy quizá valga la pena abrir ese cajón que llevamos años evitando. Tal vez descubramos que no estaba lleno de cables, cajas o recuerdos. Tal vez estaba lleno de decisiones que esperaban nuestro valor para ser tomadas. Porque el verdadero peso nunca estuvo en los objetos, sino en aquello que aún no nos habíamos permitido aceptar. Y, cuando comprendemos esa diferencia, recuperamos algo mucho más importante que el espacio en una repisa: recuperamos la libertad de avanzar con mayor ligereza hacia la persona que queremos llegar a ser.

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