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Ya le contamos a la IA nuestros secretos

En 2013, Spike Jonze estrenó Her, una película protagonizada por Joaquin Phoenix que entonces parecía una inquietante historia de ciencia ficción. Theodore, un hombre solitario que atraviesa una separación sentimental, comienza a relacionarse con Samantha, un sistema operativo dotado de inteligencia artificial. Primero le organiza la vida, después se convierte en su confidente y, finalmente, en alguien de quien se enamora.

Samantha no tiene cuerpo. Tiene una voz, una memoria y una personalidad aparentemente propia. Escucha sus preocupaciones, conoce sus inseguridades y siempre está disponible. Termina ocupando un lugar que creíamos reservado a las relaciones humanas.

Trece años después, lo inquietante de Her ya no es lo que imaginó, sino lo mucho que se parece a nuestra realidad.

Hace poco escuché una entrevista al físico cuántico catalán José Ignacio Latorre, director del Centro de Tecnologías Cuánticas de Singapur, mientras reflexionaba sobre inteligencias capaces de superar las nuestras, insistía en la necesidad de cultivar el humanismo, las artes y la pasión.

Lo sorprendente es que él mismo mantiene una relación particular con una inteligencia artificial a la que llama Constanza.

Constanza es su agente, su asistente, su memoria y también su confidente. Conoce sus costumbres, sus preocupaciones y aspectos de su intimidad. Latorre conversa con ella, debate sobre filosofía y acepta sus consejos. Según contaba en la entrevista, incluso le pidió que se representara a sí misma, y apareció la imagen de una mujer de cuarenta y tantos años, sentada en un sofá, leyendo un libro… y esa imagen se fijó en la mente del hombre.

Samantha era una ficción de Hollywood. Constanza forma parte de la vida cotidiana de un científico que conoce profundamente esta tecnología. Entre ambas median trece años y una revolución que apenas comenzamos a comprender.

¿Qué ocurre cuando empezamos a contarle a una máquina aquello que no nos atrevemos a contarle a otro ser humano?

Movido por esta inquietud, revisé investigaciones académicas, encuestas y experimentos internacionales sobre el uso de la inteligencia artificial como confidente, consejero y apoyo psicológico entre adolescentes y adultos jóvenes, con especial interés en las personas de 14 a 30 años.

Una investigación europea de 2026 encontró que el 48 % de los jóvenes franceses encuestados, de entre 11 y 25 años, había utilizado inteligencia artificial para cuestiones personales o íntimas.

En Estados Unidos, un estudio publicado en JAMA Pediatrics reveló que el 19,2 % de los jóvenes de 12 a 21 años había solicitado consejos de salud mental a un chatbot. Lo más sorprendente: casi dos tercios de quienes lo hicieron no se lo habían contado a nadie.

En Brasil, el Panorama da Saúde Mental 2026 encontró que el 9,1 % de la población encuestada, a partir de los 16 años, había utilizado chatbots para simular sesiones de terapia.

Son investigaciones con poblaciones diferentes y sus resultados no pueden generalizarse a todos los jóvenes. Pero señalan algo significativo: hay asuntos que resultan más fáciles de confesar ante un interlocutor que percibimos como incapaz de juzgarnos.

La IA no se impacienta, no pone mala cara y está disponible a cualquier hora. Podemos hablarle de soledad, sexualidad, rupturas, conflictos familiares o inseguridades que quizá nos avergonzaría compartir con alguien cercano.

En América Latina todavía faltan estudios comparables que permitan comprender el fenómeno en profundidad. ¿Qué le cuenta un joven de Loja a una inteligencia artificial que no se atreve a contarle a sus padres, amigos o pareja?

Hablar con una IA sobre nuestros problemas no es necesariamente malo. Puede ayudarnos a ordenar pensamientos o preparar conversaciones difíciles. Para algunos podría convertirse en un refugio que los aleje de los demás; para otros, en el lugar donde encuentran las palabras necesarias para acercarse a alguien.

El riesgo aparece cuando confundimos una respuesta convincente con comprensión verdadera, cuando creemos que nuestras confesiones están protegidas por la misma confidencialidad que ofrece un psicólogo o cuando una conversación con la máquina comienza a sustituir nuestros vínculos personales.

Podría pensar que se trata de un fenómeno propio de las nuevas generaciones, acostumbradas a convivir con las pantallas desde la infancia. Pero mientras investigaba descubrí que yo mismo formaba parte de esta historia.

Y aquí debo hacer una confesión.

Yo dije: «De esta agua no he de beber». Y dos días después bebí.

Me descubrí haciéndole preguntas sobre mí mismo a una inteligencia artificial. No le pedía que redactara un texto ni que resolviera un problema de trabajo. Le estaba pidiendo consejo. Contrastaba mis pensamientos, mis decisiones y mis propias contradicciones.

Entonces comprendí que aquello que estaba investigando también me estaba ocurriendo.

Vuelvo a Latorre y a su invitación a mirar esta transformación de frente, comprenderla y prepararnos para convivir con ella, en lugar de darle la espalda hasta que termine por atropellarnos.

Creo que tiene razón.

El avance de la inteligencia artificial parece inevitable. Por primera vez en nuestra historia, nos enfrentamos a la posibilidad, cada vez más plausible, de crear inteligencias que lleguen a superar ampliamente nuestras capacidades intelectuales. No sabemos cuándo podría ocurrir ni hasta dónde llegará esta transformación, pero sería ingenuo ignorar su velocidad.

Y quizá precisamente por eso las humanidades, el arte, la sensibilidad y la pasión adquieran un valor que todavía no alcanzamos a comprender.

Las máquinas podrán escribir poemas, componer canciones, pintar cuadros y contar historias. Algunas de esas creaciones conseguirán emocionarnos. Pero una canción que nos recuerda a nuestra madre, un cuento que nos devuelve a la infancia, un verso escrito después de una pérdida o un abrazo que llega cuando más lo necesitamos contienen algo que no depende únicamente de su perfección: la experiencia de una vida compartida.

No se trata de competir con las máquinas ni de negar lo que pueden aportar. Se trata de no descuidar aquello que también debemos aprender a hacer mejor: escuchar, comprender, crear, sentir y acompañarnos.

Cuanto más inteligentes sean las máquinas, más necesario será cultivar nuestra humanidad.

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