Mi encuentro con Jorgenrique fue particular. Yo apenas empezaba el colegio y me desplazaba diariamente desde la ruralidad de Quito al emblemático Mejía; tenía unos 13 años y, aunque me gustaba la lectura más allá de las aulas de la escuela, jamás había visto o escuchado de Jorge Enrique Adoum.
Después de que la sirena sonaba anunciando que la última hora había acabado, salíamos todos los días a encontrarnos con un par de compañeros más con quienes, a pata, recorríamos hasta la parada para tomar el bus que nos llevaba a Tumbaco. Cuando no debía quedarme a alguna reunión o actividad extra, el punto de encuentro era la puerta del Edificio Sur. Esperábamos 15 minutos después de la salida a que el grupo se completara y, si alguien no llegaba, teníamos una ruta tradicional en la que nos daría el encuentro.
Si todos llegábamos puntuales, emprendíamos el camino: bajábamos hasta el Consejo Provincial, de ahí caminábamos por la Diez hasta el Guambra, luego por la Patria hasta la Casa de la Cultura, para después llegar a la Doce y avanzar por la acera de la Católica hasta la parada de los buses en la Madrid. Llegábamos y buscábamos el bus que estuviera más atrás para ir sentados, sin importar si nos tardábamos más en partir; esa era la rutina de casi todos los días.
Una tarde yo había salido unos minutos después de la hora habitual y, al llegar a la puerta, ya no estaban mis compañeros. Sin dudarlo, tomé la ruta que siempre tomábamos, pero en todo el trayecto no los encontré. Fiel a la tradición, llegué a la Madrid y tomé el último bus de la fila, un Puembo. Allí me senté por la mitad, más o menos, hacia la ventana del lado derecho. Alrededor de unos 15 minutos tomó el que el bus se pusiera en la punta y estuviera listo para salir. Ya cuando estaba arrancando, una chica lo hizo detener para abordar, caminó medio pasillo y se sentó a mi lado.
Ni bien el bus dobló la esquina, ella sacó de su shigra un libro. “Entre Marx y una Mujer Desnuda” logré leer rápidamente en la portada. El título, sin duda, me causó gran inquietud, porque me preguntaba cómo pueden coexistir en un libro estos dos apasionantes conceptos.
Debe haberse notado mucho mi cara de signo de interrogación y también el que mis ojos se estaban saliendo por tratar de leer desde mi puesto una que otra línea de ese intrigante libro, de pronto ella se giró y me dijo: —¿Quieres leer? Yo me quedé mudo por un segundo y asentí con la cabeza. Me pasó el libro y el párrafo que alcancé a ver decía: «En realidad, comienza a irse cuando entra en su ropa con esa actitud de extraños que tenemos cuando volvemos a vestirnos… mientras se arreglaba las cejas, comenzando a desaparecer bajo el rostro que se pone para los demás…»
Luego le devolví el libro y le dije: —Me llamó mucho la atención el título. Sin pensar, ese sería el paso inicial para una charla literaria. —Sí, el título es el enganche perfecto —me dijo. A lo que pregunté: —Tú que ya lo estás leyendo, cuéntame cómo viven en el mismo libro Marx y la mujer desnuda. Ella se rio y me dijo que ella también estaba buscando dónde los dos coincidían, pero que hasta ahora lo único que había encontrado era a la mujer desnuda, y volvió a reír.
Después me contó que estudiaba Literatura y que por eso leía muchos libros, pero que ese particularmente lo eligió por gusto propio. Empezó a hablarme de Adoum y los Prepoemas en Postespañol, y del Amor Desenterrado y otros poemas. Sacando unas fotocopias de su shigra, me acercó a palabras bellísimas como «coinciobediencia» o «electrocardiomatemáticas», que a primera vista parecían mal escritas, pero eran parte de ese mundo de Jorgenrique que yo ese día conocí de manera tan particular y cotidiana.
Tres veces nos vimos: una por pura casualidad; otra porque le esperé desde antes de las doce hasta las trece treinta, tomando prestada una hora de electricidad para llegar a sentarme junto a la señora que vendía los cigarrillos, caramelos y bebidas hasta que le vi llegar; la tercera vez me esperó ella, aunque nunca lo reconoció así, pero yo sé que me esperó. La misma señora que fue testigo de mi espera me lo contó cuando, después de la tercera vez que nos vimos, varios días me quedé sentado esperando que llegara con su shigra cruzada y su saco de lana colgado en el tirante del bolso. Pero nunca más volvió a aparecer. Sara era su nombre, estudiaba Literatura en la Universidad Central y le debo el haberme presentado a uno de los más bonitos tesoros de la literatura ecuatoriana.
Varios años más tarde, cuando con un buen amigo se nos presentó la oportunidad de rescatar un espacio de biblioteca en el norte de Quito, y en medio de las mingas que hacíamos para readecuar ese espacio abandonado y ponerlo a funcionar, volví a encontrarme con Entre Marx. Fue, sin dudarlo, el primer libro que leí de los varios que leí de Adoum en las largas horas que pasábamos entre los estantes repletos de libros de aquella biblioteca popular.
Hoy, al conmemorarse el centenario del nacimiento de Jorge Enrique Adoum, su obra vuelve a resonar con la misma fuerza vanguardista de siempre. Sin embargo, para mí, este aniversario va más allá de las agendas oficiales; es la oportunidad precisa para recordar cómo este autor llegó a mi vida de la forma más humana y cotidiana posible. No lo descubrí en una fría cátedra universitaria ni por obligación escolar, sino a través de unas fotocopias, el misticismo de una shigra, una mirada profunda y la rebeldía de una juventud que empezaba a militar en los afectos y en las letras. Recordar a Adoum hoy es, también, agradecer la feliz coincidencia de aquella tarde.


