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Fútbol: el regreso a la violencia

El fútbol moderno nació, en buena parte, para ordenar la violencia.

Antes de ser espectáculo global, negocio, himno o camiseta, los juegos de pelota ya formaban parte de muchas civilizaciones. El Pok Ta Pok maya, el Manga Ñembosarái guaraní, el Tsú-Chú chino, el Kemari japonés, el Harpastum romano, el fútbol medieval británico o el Calcio Florentino expresaban una misma necesidad humana: enfrentarse, pertenecer, medir fuerzas y representar simbólicamente una batalla.

La gran transformación llegó en la Inglaterra del siglo XIX, en pleno auge del Imperio británico. No era una sociedad ajena a la guerra: Crimea, la rebelión de la India de 1857, las guerras del Opio en China, las campañas en Afganistán, los conflictos en África austral y las guerras bóer formaban parte de un siglo marcado por la expansión imperial y por la idea de formar hombres fuertes, disciplinados y capaces de mandar.

En ese contexto, las escuelas británicas encontraron en el football una herramienta educativa y moral. Se trataba de canalizar una energía que la cultura imperial asociaba con el combate, la virilidad y el mando, pero dentro de un espacio reglado. Convertir la agresividad en competencia, la fuerza en disciplina, el choque en juego. El rival ya no debía ser un enemigo a destruir, sino alguien necesario para que el juego existiera.

Por eso las reglas fueron tan importantes. Cuando en 1863 se fundó la Football Association y el fútbol empezó a separarse del rugby, no solo se estaba definiendo cómo se podía jugar una pelota. Se estaba haciendo un pacto: competir sí, querer ganar sí, enfrentarse sí, pero no todo vale.

Hoy, muchas veces, parecemos estar rompiendo ese pacto.

La violencia ya no ocurre solo dentro del campo. Aparece en la tribuna, en la calle y, sobre todo, en las redes sociales. Allí el insulto se disfraza de análisis, la burla se convierte en contenido y la derrota autoriza la humillación pública de jugadores, entrenadores, árbitros e hinchas.

En un Mundial esto se vuelve todavía más evidente. Basta que nuestra selección enfrente a otro país para que ese país deje de ser rival y se convierta, casi de inmediato, en enemigo de muerte. Ya no juega simplemente Ecuador contra México, Argentina contra Francia o Brasil contra Marruecos. Juega “nosotros” contra “ellos”. Y ese “ellos” empieza a cargarse de odio, desprecio, memes, burlas y amenazas.

El rival deja de ser parte del juego. Pasa a ser alguien que debe ser humillado, pisoteado, insultado, ridiculizado, odiado.

Esa es una de las grandes contradicciones del fútbol actual: el deporte que nació para contener la violencia termina usado como excusa para liberarla. Ya no basta con ganar. Hay que aplastar moralmente al otro. Ya no basta con celebrar. Hay que ridiculizar. Ya no basta con avanzar. El otro debe quedar destruido.

Por eso conviene revisar dos palabras que repetimos sin pensar: “ganamos” y “perdieron”.

No es un detalle menor. En castellano, como en muchas lenguas humanas, existe una diferencia profunda entre la primera persona del plural y la tercera persona del plural. “Ganamos” significa que yo estuve ahí, que formé parte, que el triunfo también me pertenece. “Perdieron”, en cambio, marca distancia. Ya no somos nosotros. Son ellos.

Esa pequeña operación gramatical revela mucho de nuestra relación con el fútbol.

Cuando una selección gana, todos decimos “ganamos”. Y quizá no está mal. El hincha también participa. No corre, no marca, no ataja, pero sostiene una parte esencial del fútbol: la memoria, la emoción, el canto, el viaje, la camiseta heredada, la ilusión compartida. El hincha no juega, pero le da sentido social al juego.

El problema aparece cuando el “ganamos” se transforma demasiado rápido en “perdieron”.

Si la selección gana, ganamos todos. Si pierde, perdieron ellos. Si el delantero marca, es héroe nacional. Si falla, es inútil y volvería a pie. Si el arquero ataja, es símbolo de la patria. Si se equivoca, es el peor villano de la historia. Queremos ser parte de la victoria, pero abandonamos al equipo en la derrota.

Tal vez el fútbol revela, mejor que ningún otro lenguaje, nuestra comodidad moral: nos incluimos en la gloria y nos excluimos del fracaso.

Y ahí vuelve la violencia.

Porque la derrota parece autorizarlo todo: insultar, humillar, desacreditar, pedir cabezas, reducir años de trabajo a noventa minutos. En el caso de Ecuador, por ejemplo, el discurso cambia con una velocidad brutal. Si se pierde contra Costa de Marfil en el último minuto, todo se hizo mal. Si se empata con Curazao, todo es vergüenza. Si se gana a Alemania, todo es épica y los jugadores y el DT son lo máximo. Si después se pierde con México, vuelve la condena y son los más horribles del universo.

La pregunta importante es otra: ¿qué somos entre un resultado y otro?

El fútbol tiene una particularidad hermosa y cruel: no siempre gana el que juega mejor. Se puede dominar un partido y perder. Se puede defender durante noventa minutos, resistir, esperar un error y ganar. Se puede hacer un gran encuentro y quedar eliminado por un detalle. Se puede jugar mal y sobrevivir. Se puede merecer más y recibir menos.

Por eso el resultado importa, pero también engaña.

El triunfo puede ocultar problemas profundos. La derrota puede tapar avances reales. Un empate puede parecer fracaso, aunque detrás haya orden, valentía o crecimiento. El marcador emociona, pero no siempre explica.

Tal vez necesitamos mirar el fútbol con menos furia y más inteligencia. Preguntarnos dónde está realmente cada país: en estructura deportiva, formación de jugadores, competencia local, dirigencia, procesos, inversión, mentalidad y cultura futbolística. Representar a una nación no es solo cantar un himno antes del partido. Es llegar allí con una historia detrás.

¿Seremos suficientemente inteligentes para hacer esa lectura entre líneas? ¿O caeremos en el facilismo infantil de señalar como enemigo al que pide pensar…?

Un Mundial no debería servir únicamente para gritar “ganamos” o “perdieron”. Debería servir también para ubicarnos.

El fútbol puede enseñar unión, coraje, disciplina, humildad y sentido de pertenencia. Puede inspirar a un niño, reunir a una familia, emocionar a un país entero. Pero también puede embrutecernos si lo reducimos todo a vencedores y vencidos, héroes y traidores, patriotas y enemigos.

Quizá el desafío sea recuperar el sentido original del juego moderno: aceptar el enfrentamiento sin convertirlo en destrucción. Querer ganar sin odiar al que pierde. Criticar sin deshumanizar. Exigir sin insultar. Amar una camiseta sin necesitar que el otro desaparezca.

Porque el fútbol seguirá siendo una batalla simbólica. Esa es parte de su belleza. Pero depende de nosotros decidir si esa batalla nos educa o nos devuelve a la violencia medieval de la que supo sacarnos.

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