Internacional | Estados Unidos e Israel ejecutaron este sábado 28 de febrero una ofensiva militar conjunta contra Irán, con bombardeos sobre Teherán y otras ciudades estratégicas, en una operación que marca una de las mayores escaladas bélicas recientes en Oriente Medio y eleva el riesgo de un conflicto regional abierto.
Según autoridades israelíes y estadounidenses, la operación —planificada durante meses— tuvo como objetivo instalaciones vinculadas al programa nuclear y militar iraní. Explosiones fueron reportadas en complejos de seguridad y centros estratégicos en la capital iraní y otras provincias, mientras el liderazgo político y militar de Irán fue puesto bajo resguardo ante la magnitud de los ataques.
La Media Luna Roja iraní informó de al menos 200 fallecidos y unos 700 heridos de forma preliminar, entre ellos mandos militares, tras bombardeos que alcanzaron varios puntos del país. Teherán calificó la ofensiva como una “agresión directa” y respondió con misiles y drones dirigidos hacia Israel y bases estadounidenses en la región del Golfo, varios de los cuales fueron interceptados por sistemas de defensa aérea.
La ofensiva ocurre tras el colapso de las negociaciones internacionales sobre el programa nuclear iraní y meses de tensiones crecientes en la región. Analistas señalan que la participación directa de Washington junto a Tel Aviv representa un salto cualitativo frente a ataques previos más limitados y encubiertos.
La comunidad internacional reaccionó con alarma. La ONU y la Unión Europea pidieron contención y respeto al derecho internacional, mientras Rusia acusó a Estados Unidos e Israel de provocar una grave desestabilización regional. Varios países del Golfo cerraron su espacio aéreo ante el riesgo de nuevas hostilidades.
Además del impacto militar, el ataque genera preocupación global por el suministro energético, debido al papel estratégico de Irán en el mercado petrolero y su control geográfico del estrecho de Ormuz, punto clave para el tránsito de crudo mundial.






